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Robin Longstride es un humilde y valiente arquero, que ha batallado en las cruzadas con el ejército de Ricardo Corazón de León. Cuando éste muere, él y varios amigos suyos retornan a Inglaterra haciéndose pasar por los asesinados caballeros que llevaban la corona real a las islas. De este modo, Robin se enamora de lady Marion de Nottingham, junto con la que luchará contra el malvado sir Godfrey, traidor lugarteniente del nuevo rey Juan que, a sus espaldas, facilita un futuro desembarco de las tropas francesas en Inglaterra mientras recauda a sangre y fuego los abusivos impuestos que ha establecido el monarca.

En esta superproducción, Ridley Scott se aparta bastante del arquetipo clásico del arquero Robin Hood y de sus aventuras en los bosques de Sherwood -recreadas en más de treinta películas y producciones televisivas-, para centrarse en toda su imaginaria historia previa y en cómo llegó a convertirse en el legendario ladrón, que robaba a los ricos para dar el dinero a los pobres. El veterano cineasta inglés ha dejado de lado el tono aventurero de Michael Curtiz, Richard Lester, Kevin Reynolds o John Irvin, y ha repetido el tono más histórico-épico de sus propias películas Gladiator y El Reino de los Cielos, o de otros éxitos recientes del género, como Braveheart, de Mel Gibson, o las dos entregas de Elizabeth, de Shekhar Kapur. Eso sí, ha reforzado el componente romántico de la leyenda, desarrollado con vigor por el sólido guión de Brian Helgeland y sublimado por las excelentes interpretaciones de Russell Crowe y Cate Blanchett, que confirman que son dos de los actores actuales con más carisma y recursos.

El resultado final es entretenido y espectacular -tanto en la hiperrealista ambientación histórica como en las poderosas secuencias de batallas-, pero sólo conmueve a ratos y, sorprendentemente, en las secuencias más íntimas o costumbristas, como el primer encuentro entre Robin y Marion, o la siembra en Nottingham de unas semillas robadas al obispo de York. Brillan los actores y la espléndida banda sonora de Marc Streitenfeld, pero a ratos flaquean la claridad y continuidad narrativa -tornándose la trama un poco episódica- e incluso la puesta en escena de Ridley Scott, que casi nunca alcanza la potencia y vibración de la de Mel Gibson en Braveheart. También resulta convencional el retrato que hace el filme de la religión, elogioso de la explícita espiritualidad cristiana de los personajes -sobre todo en lo referente a la caridad-, pero tópico en sus críticas a la jerarquía de la Iglesia.

En suma, la película es un notable producto comercial, que hará muy buena taquilla, pues no carga la mano ni en la violencia ni el sexo, pero que no pasará a las antologías del género y seguramente decepcione a los más fieles seguidores de la imagen clásica de Robin Hood, el arquero de los bosques.

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