La psicóloga estadounidense lleva tiempo defendiendo la importancia de que los padres pasen todo el tiempo posible con los hijos en los primeros años de vida, idea que la ha enfrentado al feminismo “mainstream“.
VanderWeele, uno de los mayores expertos en el estudio empírico de la felicidad, destaca el papel de los vínculos –familiares, sociales y religiosos– para alcanzar una vida lograda.
La norma, que permite considerar al no nacido como un miembro más de la familia para acceder a ayudas públicas, plantea indirectamente la cuestión de si el “nasciturus” es una persona.
La gestión del gasto digital es solo la superficie visible de un problema más hondo: el de la autoridad doméstica en un entorno tecnológico que tiende a difuminarla.
Ante quienes defienden el aborto “por compasión” y quienes sueñan con bebés “superhumanos”, la voz del genetista francés se alza como un baluarte de la dignidad humana.
Para contrarrestar la caída de la natalidad, la autora francesa reivindica no solo la función social de la familia sino también la dimensión personal de la procreación.
Según un reciente informe, el recelo hacia la política es mayoritario, y no solo coyuntural. Al mismo tiempo, aumentan los que defienden los roles tradicionales en la familia.
Que algunos lectores vean en este personaje de “Los cinco” a una niña trans ejemplifica cómo estamos perdiendo la capacidad de leer el pasado con honestidad.
El hogar debe ser un taller donde los “desperfectos” se reparan artesanalmente, no una sala de trofeos en la que exhibir al hijo como representación del éxito paterno.
Descubrir en los hijos la presencia del mal moral puede causar una decepción, pero abre la puerta a explicar –y vivir– un sentido más profundo del amor incondicional.