La saga escrita por Enyd Blyton es solo un ejemplo más del anacronismo con que últimamente se están leyendo muchos clásicos, especialmente los destinados a los jóvenes. Le ha pasado a Roald Dahl o a Mark Twain. Esta mirada sospechosa y miope impide disfrutar del libro y aprovechar todo lo que puede hacer por nosotros.
Hace unos días recibí un correo que comparto:
Te escribo porque estoy un poco confundida. Mi hija de 9 años quiere empezar a leer ”Los Cinco”, la serie de aventuras de Enid Blyton que muchos leímos de niños. Me parecía una buena opción, pero varias personas me han advertido que uno de los personajes, George, “en realidad es trans”, y que esos libros ya no son adecuados para niños.
La verdad es que no sé bien qué pensar. ¿Es así? ¿Sería mejor evitarlos o leerlos con ella?
La pregunta, que hace unos años habría sonado extraña, hoy aparece con cierta frecuencia entre padres y madres preocupados por la formación moral de sus hijos. Y conviene responderla con calma, porque en ella se cruzan varias confusiones.
Para quien no tenga el libro en mente: Los Cinco, de Enid Blyton, sigue las aventuras de cuatro niños –y un perro– en la Inglaterra de mediados del siglo XX. Uno de esos personajes es Georgina, que prefiere que la llamen George, viste como un chico y rechaza lo que, en su entorno, se esperaba de una niña. Ese rasgo es parte de su carácter y aparece desde el inicio.
A partir de ahí, algunos lectores actuales dan un paso más: interpretan a George con categorías contemporáneas sobre identidad de género y concluyen que se trataría de un personaje “trans”. El problema es que ese salto no nace del texto, sino de la mirada contemporánea. George no fue concebida en ese marco, ni la historia se desarrolla en esa dirección. Es, más bien, una niña con un temperamento fuerte, incómoda con los moldes que le han tocado, que encuentra en ese rechazo una forma de afirmarse.
Cuando leer se convierte en diagnosticar
Este modo de leer tiene un nombre: “presentismo”. Consiste en mirar el pasado exclusivamente con las categorías del presente, como si los libros de hace ochenta años hubieran sido escritos para responder a debates actuales. El resultado no es una comprensión más profunda, sino una sustitución. En lugar de leer lo que el texto propone, lo diagnosticamos como si fuera un caso clínico. Y cuando un personaje se convierte en diagnóstico, deja de ser personaje.
Pero el problema es aún más amplio. Este tipo de lectura responde a una tentación muy contemporánea: la de tomar nuestra propia sensibilidad como medida de todas las cosas. Nos cuesta aceptar que otras épocas pensaban distinto, no porque fueran menos lúcidas, sino porque eran, sencillamente, otras. Entonces, en lugar de hacer el esfuerzo de comprenderlas, las corregimos. No viajamos al pasado; lo traemos al presente, reducido a nuestras categorías.
No es un error ajeno. A todos nos resulta difícil leer sin traducir. La tentación de traerlo todo a nuestro terreno es, en el fondo, bastante humana. Pero cuando esa traducción se convierte en sustitución, dejamos de leer de verdad.
Algo parecido ha ocurrido con Roald Dahl, cuyas obras han sido modificadas en ediciones recientes para eliminar términos considerados ofensivos. La intención es evitar incomodidades, pero el efecto es otro: al suavizar el lenguaje, se diluye el estilo. Dahl escribía desde la exageración, la caricatura, incluso desde lo grotesco. Quitar esos elementos no “corrige” el libro; lo cambia. Lo vuelve más aceptable, pero también más plano.
Otro caso llamativo es Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain escribió ese libro en 1884 precisamente para denunciar el racismo de su época: Jim, el esclavo fugitivo, es el personaje más digno de la novela, y Huck aprende, a lo largo del relato, a ver en él a un ser humano cuando la sociedad que lo rodea no lo hace. Algo similar ocurre con Matar un ruiseñor: Harper Lee construyó una de las denuncias más poderosas del racismo sureño en la literatura del siglo XX, y sin embargo el libro ha sido retirado de programas escolares porque el lenguaje que usa para describir esa injusticia resulta incómodo. En ambos casos el presentismo comete el mismo error: no distingue entre usar una palabra y denunciar el mundo que la produce. Y así, dos de las novelas más antirracistas de la literatura en lengua inglesa terminan siendo tratadas como si fueran todo lo contrario.
Una de las lecciones más valiosas de estos personajes era precisamente que se podía ser mujer de maneras distintas, incluso incómodas para su tiempo
En todos estos casos cuesta aceptar que los libros pertenecen a otro contexto y que no todo tiene que ajustarse a nuestra forma de ver el mundo. No todo en ellos es trasladable sin más, pero tampoco todo necesita ser corregido. Entre la ingenuidad y la sospecha permanente hay un espacio más razonable: leer con criterio.
Lo que le hacemos a George
Eso implica algo muy concreto para los padres. No tanto retirar libros como acompañar su lectura. A un niño de nueve años no le preocupa si George encaja en una categoría contemporánea. Le interesa si es valiente, si es leal, si se puede contar con ella. Ahí es donde la literatura cumple su función más propia: no en transmitir etiquetas, sino en formar el juicio.
Si algo llama la atención –un comentario, una actitud, un contexto que hoy suena extraño–, se puede explicar. A veces basta una frase: que en esa época había expectativas distintas, que no todas las niñas querían encajar en ellas, que cada personaje tiene su manera de ser. Los niños aceptan estas claves con más naturalidad de la que suponemos.
Renunciar a estos libros por miedo a una interpretación incómoda es, además, una forma de cesión: nos dejamos arrebatar, sin darnos cuenta, un clásico que ha acompañado a generaciones enteras. Y lo hacemos, paradójicamente, no por lo que el libro dice, sino por lo que creemos que dice cuando lo leemos desde fuera.
Cuando leemos así, George deja de ser una niña concreta –valiente, incómoda, resistente– y se convierte en una etiqueta. Y al hacer eso, sin darnos cuenta, empobrecemos también lo que el personaje ofrecía: la posibilidad de imaginar una forma de ser mujer que no encajaba en los moldes de su tiempo. La paradoja es evidente: en nombre de ampliar categorías, terminamos reduciendo la realidad que esas categorías pretendían explicar.
Otra consecuencia menos evidente es que, cuando dejamos de leer a George porque alguien la ha etiquetado como “trans”, estamos aceptando, sin decirlo, que una niña que rechaza los moldes tradicionales de lo femenino no puede seguir siendo simplemente una niña. Como si la valentía, la incomodidad o el deseo de libertad fueran rasgos que ya no caben dentro de lo femenino, sino señales de otra cosa.
Y eso tiene algo de retroceso. Porque una de las lecciones más valiosas de estos personajes era precisamente que se podía ser mujer de maneras distintas, incluso incómodas para su tiempo. Leer a George como una categoría contemporánea no amplía esa posibilidad; la reduce.
Literatura que nos saca de nosotros mismos
La literatura infantil no debería ser un espacio aséptico ni un campo de entrenamiento ideológico. Leer a Blyton –como a tantos autores del pasado– exige una mínima honestidad: reconocer que el mundo ha cambiado. No se trata de idealizar el pasado ni de ignorar sus límites, sino de comprenderlo antes de juzgarlo.
Leer bien siempre ha implicado un esfuerzo: salir de uno mismo para encontrarse con algo distinto. Esa es, en el fondo, una de las grandes funciones de la literatura. Si la reducimos a un espejo donde solo vemos nuestras propias categorías, dejamos de viajar.
Y una literatura que ya no nos saca de nosotros mismos deja, poco a poco, de formar. O, peor aún, deja de enseñarnos algo nuevo.
María Paz Montero Orphanopoulos es periodista y profesora de Lengua y Literatura en enseñanza media y universitaria. Combina la docencia con proyectos de difusión cultural centrados en la lectura y la escritura, y con la gestión de su cuenta de Instagram, @milesdebuenoslibros, dedicada a recomendar buenas lecturas.