“¿Volverás a visitarnos?”, pregunta la madre del protagonista de El aniversario, la novela de Andrea Bajani, a su hijo tras un domingo en casa. Sin llegar a responder, su hijo se marcha y no vuelve nunca más. Esto que relata Bajani es un ejemplo de la actual tendencia conocida como No Contact: cortar la relación con los padres para, supuestamente, proteger la propia salud mental.
Si buscas la etiqueta No Contact en redes sociales, encontrarás todo un submundo con un lenguaje propio en el que familiares (en su mayoría hijos adultos) cuentan por qué decidieron cortar el vínculo, y en el que los afectados (en su mayoría padres) se lamentan de las consecuencias.
Parece que la incondicionalidad de la familia está cada vez más cuestionada. Las cifras avalan esa sensación. En Estados Unidos, cerca de una de cada diez madres de entre 65 y 75 años, con dos o más hijos adultos, ha cortado la relación con alguno de ellos. En conjunto, casi cuatro de cada diez adultos en el país están actualmente alejados de al menos un familiar cercano, como pueden ser sus padres, hijos, hermanos o incluso abuelos y nietos.
El terapeuta familiar Joshua Coleman escribió When Parents Hurt en 2008 para ayudar a otros padres que estaban atravesando, como antes lo había hecho él, la dolorosa experiencia de no saber nada de un hijo.
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En 2021, Coleman revisitó el fenómeno en el libro Rules of Estrangement y señaló que en la última década su consulta se había visto inundada por padres sin contacto con sus hijos adultos. Unas cuantas llamadas a colegas de todo el país le pusieron sobre la pista de que el fenómeno estaba en auge y realizó su propia investigación en la Universidad de Wisconsin.
La realidad es que en una sociedad occidental que tiene una crianza más intensiva que nunca, las relaciones de los hijos con los padres son bastante frágiles.
¿Protección o capricho?
Como en todo lo que involucra a la familia, en el fenómeno No contact hay un poco de culpa y un poco de compasión para repartir en todos los lados. Coleman señala que los casos de distanciamiento de hijos adultos se producen sobre todo en situaciones de divorcio, enfermedad mental y adicción por parte del hijo, una pareja conflictiva, una relación de dependencia extrema con alguno de los progenitores o desacuerdos por opiniones o estilos de vida.
La conveniencia de cortar relaciones parece clara en casos de maltrato, adicción o abuso. También se puede entender cuando un distanciamiento temporal puede servir para renegociar la relación. Pero lo cierto es que cada vez más parece que las rupturas se dan por una serie de razones algo ambiguas que no llegan nunca a explicarse del todo. “En ocasiones el origen del distanciamiento se halla en ese amplio terreno intermedio, donde las complejidades de la personalidad, la historia vital, los desafíos o incluso la genética de cada individuo chocan entre sí, y el conflicto deja de responder a una lógica de causa y efecto”, explica Coleman.
Un cambio cultural que normaliza la ruptura
“El énfasis en la lealtad a la unidad familiar ha sido sustituido por la búsqueda de la realización individual. ‘Honrarás a tu padre y a tu madre’ ha dado paso a la idea de que la familia es quien tú decides que sea. La creencia de que hay que respetar a los mayores ha sido reemplazada por el tópico de que el respeto no se da, se gana”, explica Coleman.
El cambio en los estilos de crianza y la psicologización de la vida explican, en parte, la tendencia del “No Contact”
A todo esto se le une otro cambio de paradigma que deja a los padres en situación de desigualdad a la hora de entender por qué se está produciendo el conflicto. Tal y como explica Coleman, “muchas de las conductas parentales que las generaciones más jóvenes consideran hirientes o negligentes apenas llamarían la atención de los padres de casi cualquier generación anterior”.
Por último, los padres se han visto sometidos a una nueva expectativa en la crianza de los hijos: ya no se trata de educar adultos funcionales, sino de criar a tus mejores amigos.
“Muchos, si no la mayoría, de los padres de hoy en día se han esforzado por criar personas empoderadas. Al hacerlo, han creado un entorno en el que se espera que se comporten casi como un alma gemela: sensibles, pero no intrusivos, tolerantes, pero no negligentes, comprensivos, pero no asfixiantes.(.. ) Muchos hijos adultos se sienten cómodos criticando o rechazando a sus padres porque están haciendo exactamente lo que sus padres les enseñaron a hacer”, concluye Coleman.
Y es que, si a los progenitores anteriores se les reprochó su falta de implicación, los padres de hoy tienden a volcarse mucho más en sus hijos, lo que les deja menos tiempo para la vida social. Por ejemplo, los nacidos en los años 40 tenían un 51% más de amigos, un 39% más de probabilidades de compartirlos con su pareja, un 168% más de pertenecer a organizaciones que las nacidas en 1960, como señaló el sociólogo Paul Amato, en línea con lo que también observó su colega norteamericano Robert Putnam en Solo en la bolera.
Así es como los hijos se convierten en la única fuente de plenitud de un papel que antes también jugaban los amigos, la comunidad, la religión y la sociedad civil. Sin quererlo, estos progenitores convierten a los hijos en un escaparate de su valor personal, de su competencia como padres, y esperan de ellos una disponibilidad en su vida adulta por encima de lo razonable.
Terapia en busca de culpables
Coleman describe un fenómeno que ve cada vez más en su consulta: adultos que han mantenido una relación razonablemente normal con sus padres, pero que los empiezan a acusar de causarles traumas cuando comienzan a ir a terapia.
De nuevo, aquí hay un cambio de paradigma en torno a un aspecto clave: qué se entiende como trauma. Y el auge de la terapia ha sido clave para redefinir el término. Según el psicólogo Nick Haslam, los conceptos de abuso, trauma y negligencia se han ampliado en las últimas tres décadas para incluir cada vez más síntomas y para patologizar experiencias que antes se consideraban normales.
“Los terapeutas tomaron las riendas de la cultura e insuflaron vida a un fantasma que aún nos persigue: el trauma infantil”, lamenta Abigail Shrier en Mala Terapia.
Shrier recoge, como Coleman, la tesis de la socióloga israelí Eva Illouz, que señala que el cuento del trauma está escrito a partir de su final: desde la insatisfacción adulta actual hasta la epifanía de una infancia pasada en una familia disfuncional.
“Nos hemos obsesionado tanto con considerar a los padres como la causa principal de los resultados de la vida –y lo que se considera diagnosticable, patológico y traumático abarca ahora gran parte de lo que debería considerarse una crianza normal y previsible– que los hijos adultos pueden sentir que tienen motivos de queja mucho más graves de lo que sería justo para los padres”, advierte Coleman.
El veneno de la polarización
Arthur Brooks, el mayor experto en felicidad del mundo, escribe que “curiosamente, el distanciamiento se asocia más con una discrepancia en los valores (las opiniones de alguien, por ejemplo) que con una infracción de las normas de conducta (lo que alguien hace en realidad)”.
La ideología woke “enseña a la gente a interpretar todas las relaciones como luchas de poder, por lo que los padres son opresores por naturaleza”
Según una encuesta realizada a finales de 2024 por la Asociación Americana de Psiquiatría, uno de cada cinco estadounidenses afirma haberse distanciado de un familiar por motivos ideológicos; el 22% ha bloqueado a un familiar en redes sociales; y el 19% ha dejado de asistir a reuniones familiares por el mismo motivo. En España, la organización More in Common recogió que cinco millones de ciudadanos (el 14%) rompieron relaciones familiares o de amistad durante 2024 por motivos políticos.
Para Noelle Mering, autora del libro No Contact, las rupturas familiares entre la generación Z tiene mucho que ver con las políticas identitarias woke: esta ideología “enseña a la gente a interpretar todas las relaciones como luchas de poder, por lo que los padres son opresores por naturaleza”.
La reconciliación es posible (y, en muchos casos, deseable)
Lo cierto es que la historia no suele acabar con un distanciamiento definitivo: la mayoría de los hijos adultos que se han alejado de sus progenitores vuelven a tener una relación cercana con sus madres (81%) y con sus padres (69%).
Coleman asegura que la reconciliación es posible siempre y cuando se pueda establecer un marco de diálogo común. Los padres –y, sobre todo, las madres– están más dispuestos a pasar por el aro que los hijos, asegura el psicólogo.
El terapeuta, que vivió aquella situación con su hija mayor, asegura que la primera reacción de los padres no puede ser defensiva: “He tenido padres que me han despedido porque se negaban a acercarse a su hijo adulto de una forma que, en mi opinión, es fundamental para una posible reconciliación. También he despedido a padres porque querían utilizar la terapia familiar como un medio para culpar a sus hijos adultos”.
Sin embargo, el psicólogo también advierte de las injustas expectativas que a veces se colocan sobre unos padres a los que, para mantener el contacto con sus hijos adultos, se les obliga a estar constantemente pendientes de los estados de ánimo y necesidades de ellos.
A pesar de todo, Coleman subraya que la reconciliación es mejor que permanecer distanciados y que, si es posible (que suele serlo), el reencuentro es un bien para la familia y para toda la sociedad.
2 Comentarios
Interesantísimo artículo que aborda un tema muy preocupante y desconocido para mí.
Me ha sorprendido este artículo porque creía que mi caso era aislado. Por lo menos en el círculo social en el que me relaciono, esto del contacto cero no se da.
Enfermedades mentales y malos actos han sido la consecuencia del alejamiento total de dos de mis cinco hijos.
La mala relación entre padres divorciados dan como resultado este tipo de relaciones dentro de una familia.
Soy creyente de la fe católica y rezo para que el amor y la verdadera paz en los corazones revierta esta situación tan triste.