Pocas veces la crianza había estado tan marcada por la atención a la seguridad de los hijos. Muchos padres saben dónde están, con quién, qué hacen, cómo se sienten. Sus tardes se organizan casi al milímetro, se anticipan sus dificultades y, muchas veces sin apenas advertirlo, los adultos intervienen antes incluso de que aparezca el problema.
Desde fuera, todo puede parecer bastante razonable. Al fin y al cabo, cuidar, prevenir y acompañar forma parte natural de la tarea de los padres.
Pero empieza a aparecer una pregunta incómoda: ¿Qué ocurre cuando, por cuidar tanto, acabamos interviniendo demasiado y reduciendo el espacio en el que un niño puede probar, equivocarse y aprender por sí mismo?
Una infancia cada vez más dirigida
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La infancia ha cambiado más de lo que a veces alcanzamos a ver. Durante generaciones, los niños crecían participando de forma natural en la vida cotidiana. Ayudaban en casa, resolvían pequeños conflictos entre iguales, encontraban maneras de entretenerse sin supervisión constante. No era una infancia idealizada ni carente de riesgos, pero sí estaba llena de pequeñas experiencias que les obligaban a enfrentarse a diferentes retos, buscar recursos e ir adquiriendo autonomía.
Hoy, en cambio, la infancia está mucho más organizada, supervisada y protegida. Las agendas se llenan de actividades, los espacios de juego se diseñan para evitar cualquier peligro y los adultos tendemos a intervenir con rapidez para evitar frustraciones. También hemos normalizado otras formas de ocupación constante que parecen inocentes: buscar manualidades en redes para evitar cualquier rato muerto, elegir solo museos o planes pensados para estimularles a cada momento, improvisar actividades de última hora para que no se aburran o convertir incluso un cumpleaños en una pequeña competición por ver quién organiza el plan más divertido más original.
Sin apenas advertirlo, los adultos estamos ocupando espacios que antes eran suyos, y que les permiten ir ganando autonomía y recursos para resolver problemas por sí mismos
El resultado no es evidente a primera vista. Los niños siguen siendo curiosos, inteligentes y capaces. Pero, con el tiempo, les cuesta más tolerar la frustración, tomar decisiones sencillas o sostener el esfuerzo cuando algo no sale a la primera, no tanto por falta de capacidad como por falta de ocasiones reales para ejercerla.
Cuando el adulto ocupa demasiado espacio
Una de las situaciones donde mejor se ve esta tendencia es la gestión de los pequeños conflictos cotidianos.
Dos niños discuten por un juego en el parque, por una palabra mal dicha o por un enfado que sube de tono, y enseguida acuden al adulto. Este, con la mejor intención, interviene rápido: escucha, ordena, traduce lo que cada uno “debería decir” y propone una solución.
La situación se resuelve rápido, es verdad, pero ellos apenas han tenido que hacer el recorrido de entender qué ha pasado, buscar palabras, escuchar al otro o sostener la incomodidad de no saber muy bien cómo arreglarlo. El conflicto termina, sí, pero el aprendizaje queda muy reducido.
Algo parecido sucede en otros ámbitos más silenciosos. Basta asomarse a cualquier grupo de WhatsApp de padres para ver hasta qué punto el día a día académico de los hijos está completamente acompañado: qué deberes hay, cómo se hacen, qué entra exactamente en el examen, qué formato tendrá. La información circula, se aclara, se completa.
De nuevo, todo parece ayudar. Pero en ese proceso, el niño cada vez tiene menos necesidad de organizarse, de preguntar en clase, de responsabilizarse de lo que no ha entendido o de lo que ha olvidado.
Sin apenas advertirlo, los adultos estamos ocupando espacios que antes eran suyos. Y son precisamente esos espacios –los pequeños conflictos, los pequeños olvidos, las pequeñas dificultades– los que les permiten ir ganando autonomía y recursos para resolver problemas por sí mismos.
Lo que no se aprende si todo está resuelto
La idea de que un exceso de ayuda puede limitar parte del desarrollo infantil no es nueva, y aparece formulada con claridad en autores muy distintos.
Gregorio Luri ha recordado con frecuencia que no hay aprendizaje verdadero sin esfuerzo ni posibilidad de error. Aunque lo formule sobre todo en relación con la escuela, la idea vale también para la vida familiar: cuando se intenta allanar demasiado el camino, no siempre se ayuda; a veces se impide que el niño haga el recorrido que necesita para avanzar en autonomía.
En una línea complementaria, el neuropsicólogo Álvaro Bilbao recuerda que muchas de las habilidades que se espera que desarrollen los hijos –organizarse, persistir, tomar decisiones– no se adquieren sólo con indicaciones, sino a través de la práctica. En El cerebro del niño explicado a los padres, subraya que las funciones ejecutivas necesitan ejercitarse en situaciones reales. Intentar algo, equivocarse y volver a intentarlo forma parte del proceso natural de madurez.
Marian Rojas Estapé, por su parte, ha insistido en la importancia de aprender a gestionar la frustración. En Cómo hacer que te pasen cosas buenas, explica cómo la dificultad para sostener la incomodidad está en la base de muchos malestares actuales. Un niño que apenas ha tenido que esperar, renunciar o atravesar pequeños contratiempos llegará peor preparado cuando la frustración aparezca, porque antes o después aparece.
Desde perspectivas distintas, los tres apuntan a una misma idea de fondo: muchos de los retos importantes en el desarrollo infantil no aparecen cuando todo está resuelto, sino cuando el niño tiene delante algo que intentar, sostener o resolver por sí mismo.
Desde esa perspectiva, el problema de la sobreprotección no se cifra solo en el exceso de ayuda, sino en la reducción progresiva del espacio en el que un niño puede ensayar, equivocarse y descubrir de qué es capaz. Y quizá ahí esté una de las paradojas de la crianza contemporánea: al intentar evitar demasiadas dificultades, a veces también se debilitan las ocasiones cotidianas en las que se construyen la autonomía, el criterio y una mayor capacidad para tolerar la frustración.
Un comentario
Gracias por este artículo que resulta muy clarificador y ayudar a los padres y abuelos a educar con más acierto a sus hijos y nietos