El progreso que viene: cinco debates en marcha

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Si es verdad que cada época tiene una idea de progreso, la nuestra parece decidida a dar con la suya a través de incisivos replanteamientos en ámbitos como la economía, el bienestar, la familia, el trabajo o la tecnología.

En su Historia de la idea de progreso, el sociólogo Robert Nisbet muestra cómo en Occidente la fe en que la humanidad avanza de forma inexorable a unas cotas de civilización cada vez más altas, ha sido una constante desde la Grecia antigua hasta tiempos relativamente recientes.

Otra cosa es que hubiera acuerdo respecto a qué significa “avanzar”. Y así, hubo quienes identificaron el progreso con el avance del saber y la virtud; otros, con la expansión de la libertad individual, el crecimiento económico y el dominio sobre el mundo natural; otros, con la capacidad de forjar hombres nuevos a través del poder político, etc.

Pero cuando Nisbet publicó este libro (1980), empezaba a hacerse visible un cambio de tendencia: “Todo hace pensar en estos momentos que la fe occidental en el progreso se va marchitando rápidamente”.

Futurofobia

Lo que vislumbró Nisbet ha ido tomando cuerpo, hasta el punto de que no es exagerado afirmar que hoy lo que avanza de forma imparable es el pesimismo; la convicción –compartida por no pocos progresistas y conservadores– de que la humanidad va a peor. Ahí están la precariedad, la incertidumbre y el aumento del coste de la vida, una tríada que llena titulares desde hace meses. Pero también la sensación de que el cambio social está erosionando valores importantes. 

El periodista Héctor García Barnés, autor de Futurofobia, llega a identificar el miedo ante un futuro carente de expectativas como el rasgo que define a los millennials (y puede que los zeta estén peor). No es que las generaciones anteriores lo tuvieran fácil, explica en una entrevista. Pero, al menos, tenían horizontes. Ahora, a la falta de oportunidades se suma la de “un relato esperanzador acerca del futuro”.

A favor de esta hipótesis juega el último Informe sobre Desarrollo Humano, de Naciones Unidas, que habla de un escenario de “incertidumbres crónicas” sin precedentes. Por su parte, el Pew Research Center reveló el pasado agosto que el 70% de los adultos encuestados en 19 países (casi todos ricos) cree que la próxima generación estará en peor situación económica que la suya.

Por aquí, no

Otra manifestación de desencanto es la resistencia a considerar avanzado el estado actual de la historia. Más que de “progresofobia” o de nostalgia neorrancia por épocas mejores, habría que hablar de una sana toma de conciencia: la que nos hace intuir que algunas de las reglas de juego de la sociedad actual no nos van a llevar al esplendoroso futuro preanunciado en la idea de progreso. De ahí la necesidad de rectificar el rumbo.

¿Cuáles son esos patrones fallidos? Sin ánimo de ser exhaustivos, cabe mencionar: el culto a un ritmo de producción cada vez más competitivo; la expansión de los modelos de consumo acelerado; el estresante ritmo de vida actual, que empuja a detraer tiempo del cuidado familiar y del descanso; la colonización por parte de las tecnologías digitales de cada vez más ámbitos de nuestra vida; la “cultura del descarte”, que pasa por encima del valor indisponible de cada persona; la obsesión por la rentabilidad inmediata, que no repara en cómo afectarán ciertas decisiones políticas a las generaciones futuras, etc. 

Frente a estas inercias, van surgiendo debates y propuestas que buscan reescribir las premisas de lo que se suele entender hoy por progreso. Destaco cinco que llevan tiempo presentes en la opinión pública:

1. Crecimiento verde vs. decrecimiento

La idea de que es posible tener a la vez crecimiento económico y respeto al medio ambiente ha cuajado en lo que ya es el ideal dominante en los países ricos, explica Spencer Bokat-Lindell en un artículo en el que lo pone a debatir con uno de sus paradigmas rivales: el decrecimiento.

La propuesta estrella del llamado “crecimiento verde” consiste en desacoplar el uso de los recursos naturales y el aumento del PIB, de forma que el crecimiento cause el menor impacto posible en el medio ambiente. Para conseguirlo, sus partidarios confían en el avance tecnológico y la innovación en infraestructuras, que permiten usar de forma más eficiente los recursos disponibles. También recurren a otras herramientas típicas del desarrollo sostenible, un concepto más amplio: los incentivos a las energías renovables, los impuestos a las más contaminantes, los nuevos modelos de negocio, etc. 

En su réplica a esta postura, los decrecentistas ponen el foco en la idea del desacoplamiento: no cuestionan que sea posible crecer y reducir las emisiones de CO2, por ejemplo, pero señalan que el crecimiento siempre va más rápido. Por eso, para Jason Hickel, autor de Less is More: How Degrowth Will Save the World, lo que en realidad hace falta es reducir el consumo de recursos naturales y de energía, sobre todo en los países ricos. Esto permitirá ir más rápido en la transición energética.

El resto de sus propuestas va en la línea de lo que proponen otros decrecentistas: combatir la obsolescencia programada, recortar la semana laboral, implantar una renta básica, reducir la producción de bienes que él considera “ecológicamente destructivos y socialmente menos necesarios”, etc.

El debate se complica con la entrada en escena de lo que ya se reconoce como un nuevo conflicto de clase, capaz de redefinir el eje izquierda-derecha: el pulso de intereses entre los trabajadores manuales que velan por su medio de vida y las élites de la economía del conocimiento, que sufren menos las consecuencias de sus “bienintencionadas regulaciones verdes”, en palabras de Mary Harrington. El fenómeno ha dado lugar a lo que Joel Kotkin llama “la venganza de la economía material”: una ola de protestas protagonizada por agricultores, mineros, transportistas… en los más variados países: Francia, Países Bajos, Sri Lanka, Ecuador, Sudáfrica, Senegal, Indonesia, España, Polonia, Italia, Etiopía…

2. Menos es más

Más allá del debate económico, el decrecimiento plantea una filosofía de vida que invita a cambiar el deseo de consumir por la aspiración a vivir con más sentido, lo que incluye dar más espacio al disfrute de los bienes inmateriales. Este es el núcleo básico de su propuesta, que luego se mezcla con planteamientos más o menos utópicos o extremos.

En ese núcleo se encuentra con muchas personas y corrientes que no se definen como decrecentistas: los críticos de la mentalidad utilitaria; los que abogan por dejar atrás la lógica “cuanto más grande, mejor”; los partidarios de la lentitud; los de la sobriedad y el ahorro; los de vivir con menos cosas, para no perder de vista lo importante; los de las dietas digitales, que buscan consumir menos contenidos, pero de forma más selecta y profunda, etc.

¿Qué hay de fondo? La artista plástica Jenny Odell da en el clavo cuando dice: “Habitamos en una cultura que potencia la novedad y el crecimiento sobre lo cíclico y regenerativo. Nuestra idea misma de productividad se basa en la idea de producir algo nuevo, cuando, en cambio, no tendemos a ver el mantenimiento y los cuidados como cosas productivas del mismo modo”.

O en otras palabras: no se puede estar siempre construyendo y creciendo; a veces, el progreso exige parar y limitarse a conservar lo que hay, o incluso –añade Odell– a recuperar lo que había.

Desde esta premisa se entiende bien el interés de propuestas como el Índice Relativo de Salud Social (IRSS), ideado por el sociólogo José Pérez Adán para reforzar la medición de la calidad de vida en América con variables sociales como la equidad generacional, la desigualdad o la conciencia cívica; o los que presentan otros autores críticos con las concepciones demasiado economicistas del desarrollo humano.

“El propósito del sistema no es ser más productivo para tener más beneficios, sino que cada vez las personas, todas, vivan mejor y progresen” (Lucía Velasco)

3. Seres familiares

Esta visión ampliada del progreso conecta muy bien con la de quienes subrayan la necesidad de equilibrar el tiempo que dedicamos a producir y consumir con el tiempo de cuidado familiar y descanso.

La idea básica de este planteamiento es que no somos unidades de producción autónomas ni tuercas de un engranaje, sino seres familiares que han de compaginar las obligaciones profesionales con las responsabilidades de crianza y cuidado. Las sociedades modernas esperan que hagamos ambas cosas, pero luego disponen los tiempos de manera muy desigual.

A corregir este desequilibrio ayudaría la perspectiva de familia, un mecanismo que obliga a los poderes públicos a valorar si sus políticas en los más variados ámbitos (fiscalidad, organización laboral, transporte, urbanismo…) facilitan o no la vida a las familias.

Las ayudas pueden adoptar múltiples formas. Pero si admitimos que hoy el progreso social pasa por que tengamos el número de hijos que queremos tener –la fecundidad deseada media en España se sitúa en torno a los 2 hijos por mujer, próxima a la de reemplazo (2,1) pero muy alejada de la actual (1,19)–, por que padres y madres podamos estar más tiempo con ellos y por que nuestros mayores estén mejor atendidos y menos solos, podríamos priorizar aquellas ayudas que faciliten las responsabilidades de cuidado.

La perspectiva de familia ayudaría a entender que la sociedad sale ganando cuando mujeres y hombres participan, con igualdad de derechos, tanto en la esfera pública como en la privada. Y en la medida en que favorece la cultura del cuidado, contrarresta de forma práctica la del descarte.

4. Trabajar de otra manera

El mundo laboral es uno de los ámbitos donde más cosas parecen estar moviéndose. Además de los nuevos conflictos derivados de la transición ecológica, últimamente han llamado la atención de los medios fenómenos como el del quiet quitting –la decisión de limitarse a hacer el trabajo exigido–, la Gran Dimisión –el abandono voluntario del mercado laboral durante un tiempo– u otros que expresan igualmente el deseo de cada vez más gente de dejar de entregar la vida entera al trabajo.

Detrás, hay una queja muy clara contra el sistema. Nilanjana Roy la sintetiza así: “Si la sociedad fuera realmente progresista, no haría trabajar a la gente hasta la extenuación ni asumiría que el ocio, el tiempo para descansar, el tiempo para estar con tu familia, es solo para los ricos”.

Junto a los fenómenos que nacen de esa reivindicación, hay otras corrientes de fondo que van transformando el mercado laboral. En su libro ¿Te va a sustituir un algoritmo?, Lucía Velasco destaca cuatro: el envejecimiento de la población, la digitalización, la desglobalización y la descarbonización. Cada una de estas “megafuerzas” obligará a emprender cambios concretos en la organización laboral y en las mentalidades. Por ejemplo, el trabajo en las plataformas –“la fábrica del siglo XXI”– exige impulsar leyes que dignifiquen las condiciones laborales de quienes trabajan en ellas, como en su día se hizo con las fábricas del siglo XIX.

Velasco ofrece un criterio-guía para afrontar esos cambios: “El propósito del sistema no es ser más productivo para tener más beneficios, sino que cada vez las personas, todas, vivan mejor y progresen”.

5. Tecnología humana

Este es precisamente uno de los grandes giros que reclama el Center for Humane Technology (CHT) a las empresas tecnológicas: que tengan más en cuenta el bienestar de los usuarios y no solo los beneficios empresariales. Por eso, por ejemplo, les piden que reduzcan los mecanismos de recompensa que favorecen la adicción a la tecnología. De esas herramientas deja constancia el documental El dilema de las redes, en el que intervienen los cofundadores del CHT y otros genios de Silicon Valley.

El planteamiento del CHT, una organización sin ánimo de lucro creada en 2018, viene a recordar que el avance de la humanidad en el ámbito de la tecnología no puede cifrarse en la invención de aparatos cada vez más sofisticados, sino que debe atender a más criterios. Con su movimiento por la “tecnología humana”, el CHT promueve concretamente la ética del diseño de los dispositivos, para evitar que actúen como aceleradores de ciertos problemas (salud mental, manipulación informativa, extremismo político…).

La preocupación por la dimensión ética de la tecnología va en la línea de lo que proponía Benedicto XVI cuando invitaba a reflexionar sobre “los criterios que debemos encontrar para que el progreso sea realmente progreso”. Si hasta ahora hemos construido este concepto con las categorías de conocimiento y poder, explicaba en Luz del mundo, hoy hace falta “una perspectiva esencial: el aspecto del bien. Se trata de la pregunta: ¿qué es bueno? ¿Hacia dónde el conocimiento debe guiar el poder?”. Este enfoque evita que mitifiquemos el progreso y que, por falta de escrutinio, degenere en un proceso destructivo.

Preguntarse por los criterios que deberían guiar el desarrollo y el crecimiento –e incluso querer desacelerarlos–, aclaraba el Papa Francisco en la encíclica Laudato si’, no implica “detener la creatividad humana y su sueño de progreso”, sino orientarla mejor. Así, pedía “corregir el hecho de que haya una inversión tecnológica excesiva para el consumo y poca para resolver problemas pendientes de la humanidad”. Y añadía: “Un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso”.

Cada una de las cinco áreas que hemos visto plantea encrucijadas. Casi seguro que, de ellas, no saldrá un avance lineal. Pero, al menos, ofrecen la oportunidad de elegir qué vamos a entender por progreso y qué vamos a hacer para llegar hasta allí.

Un comentario

  1. Muy bueno. Esto es periodismo inteligente, como tantos otros que leo en Aceprensa. Aclara el presente y permite así vislumbrar las derivas sociales y las oportunidades que hay en ellas

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