Contra la tiranía del estrés laboral

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Duración lectura: 7m. 46s.
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Dime cómo distribuyes tu tiempo y te diré cómo es la sociedad en la que vives. Con esta premisa, cada vez más voces lamentan que el frenético ritmo de vida contemporáneo mantenga a los países ricos enganchados a la productividad y el consumo. Sin embargo, fenómenos como el de los “millonarios del tiempo”, la Gran Dimisión, las semanas laborales de cuatro días, los avances en conciliación o la ética del cuidado esbozan un cambio de tendencia.

La pandemia del coronavirus está llevando a más gente a convertirse en “millonarios del tiempo”, expresión acuñada por Nilanjana Roy en 2016 para referirse a quienes valoran su tiempo libre al menos tanto como el dinero que tienen en su cuenta corriente. En la práctica, son personas que han elegido trabajar y ganar menos, para vivir mejor.

Las manifestaciones actuales de esta elección son variadas: desde el misterioso repunte de abandonos voluntarios del mercado laboral durante un tiempo –fenómeno que en Estados Unidos se conoce como la Gran Dimisión o la Gran Renuncia–, hasta las reducciones de jornada, las reinvenciones profesionales, las jubilaciones anticipadas o la pura y simple determinación de trabajar de otra manera.

Vidas cansadas

Desde hace unos meses, los economistas no le quitan ojo a la Gran Dimisión y discuten hasta qué punto pueden estar motivando las salidas factores como las mejoras en las prestaciones por desempleo, los bajos sueldos, el coste de los servicios de cuidado infantil, el ahorro de las familias durante el último año y medio o el descubrimiento de oportunidades laborales en otros sectores.

Pero este fenómeno solo es una de las expresiones de un deseo más extendido. Lo verbaliza bien la periodista María Sánchez Sánchez: “En el fondo se trata de una batalla por el tiempo. Cada vez más personas alzan la voz para poder seguir llevando a sus hijos al colegio sin necesidad de ir con la lengua fuera; no entienden por qué han de perder una hora al día en desplazamientos a la oficina o preparar cada noche, rápido y corriendo, el táper del día siguiente. ¿Es viable seguir aguantando una organización del trabajo que se traduce siempre en una merma en la calidad de vida?”.

Ahora bien, no todo el estrés es achacable al sistema. La periodista Sirin Kale recoge varios testimonios de “millonarios del tiempo” que han roto con la adicción al trabajo. Está el caso del propietario de una tienda de vinos en Sheffield (Inglaterra), de 29 años. Antes de la pandemia, trabajaba de diez de la mañana a una de la madrugada. Ahora lo ha cambiado por un negocio de café que atiende solo hasta la hora de la comida; por la tarde, practica la fotografía o queda con amigos. Ha reducido su facturación notablemente, pero estima que es “unas 100 veces más feliz” que antes.

Otro caso es el de un escritor y editor neoyorquino de 38 años, que ha optado por no trabajar más de 30 horas a la semana. Sus ingresos han caído a la mitad, pero ha ganado tres horas y media al día para pasear (actividad que le sirve de inspiración para hacer su propia newsletter cultural).

Kale es consciente de que no todo el mundo puede permitirse estos cambios. Hay padres y madres que necesitan estirar su jornada laboral para sacar adelante a sus familias, o trabajadores con sueldos tan precarios que deben seguir en la brecha. Pero cree que esta tendencia, al igual que el manifiesto antiproductividad de Jenny Odell, Cómo no hacer nada, o las campañas a favor de las semanas laborales de cuatro días, han abierto una conversación importante. Como dice Roy, a quien Kale cita, “si la sociedad fuera realmente progresista, no haría trabajar a la gente hasta la extenuación ni asumiría que el ocio, el tiempo para descansar, el tiempo para estar con tu familia, es solo para los ricos”.

Seres familiares

La preocupación lleva años sobre la mesa. Si a finales de los 90 la politóloga y exministra noruega de Asuntos Exteriores Janne Haaland Matlary, casada y madre de cuatro hijos, lamentaba que la organización laboral se hubiera levantado de espaldas a las obligaciones familiares, un año antes de la pandemia la socióloga María Ángeles Durán se preguntaba cómo podía merecer “el nombre de riqueza o desarrollo un crecimiento que destruya el cuidado o margine a la población que cuida”.

Reflexiones como estas han abierto camino. Y, poco a poco, va creciendo el aprecio por tendencias que mejoran la sociedad como el reequilibrio de mujeres y hombres en las esferas pública y privada; la toma de conciencia por parte de las empresas de que los trabajadores somos seres familiares, con necesidades imprevistas que atender; el reconocimiento de la vulnerabilidad al que invita la ética del cuidado; o el convencimiento de que no es posible tener más hijos, pasar más tiempo con ellos y atender mejor a nuestro mayores, si la prioridad es vivir para el trabajo.

“Si la sociedad fuera realmente progresista, no haría trabajar a la gente hasta la extenuación”

Esta es una de las banderas que ha tomado en España el partido de izquierdas Más País. Como explica Eudald Espluga, la formación liderada por Íñigo Errejón comenzó impulsando la semana laboral de cuatro días como un recurso frente a la crisis climática. Pero ante “la epidemia de fatiga y ansiedad” que trajo la pandemia, pasaron a convertirlo “en un campo de batalla cultural”.

Según cuenta a Espluga el coordinador político de Más País, Héctor Tejero, diputado y uno de los responsables de sacar adelante esa iniciativa, el objetivo es cuestionar la “centralidad que tiene el trabajo [fuera del hogar] en la conformación del tiempo de nuestras vidas”. Una batalla que vinculan a otro asunto simbólico de gran calado: la desmaterialización de la riqueza. “La idea –dice Tejero– es que no eres más rico porque tengas más cosas, sino porque tengas más tiempo para estar con los tuyos”.

Repensar el tiempo

El planteamiento de Más País recuerda a la propuesta de la socióloga británica Barbara Adam. Su tesis es que el capitalismo ha transformado la concepción del tiempo, y que la manera más eficaz de transformar la organización laboral (y, de paso, las prioridades de la sociedad) es cambiar esa concepción por otra más saludable.

¿Qué es el tiempo para el capitalismo? Ante todo, una mercancía que se vende y se compra. Esta visión tiene varias implicaciones. En primer lugar, la velocidad se convierte en un bien preciado que multiplica la rentabilidad. El capitalismo no solo empuja a hacer más trabajo con menos empleados, sino a hacerlo más rápido.

En cambio, el tiempo que no produce beneficios tangibles se ve como “dinero perdido”. Por eso, el sistema 24/7 (24 horas al día, 7 días a la semana) fomenta el activismo constante y trata de eliminar aquellos elementos que suponen “pérdida de tiempo y de dinero, como el sueño, el descanso, el juego, el cuidado y el voluntariado”.

Además, las sociedades que solo ven el tiempo en términos económicos, necesariamente acaba dejando de lado a los ciudadanos menos productivos. Entre otras cosas, porque en tales sociedades, el tiempo remunerado siempre compite con el no remunerado, como el de cuidar a los hijos o a otros familiares dependientes.

Del estrés al bienestar

El enfoque de Adam ayuda a entender los diferentes ritmos que entran en juego en la organización laboral. Mientras las empresas están muy atentas a los picos y los valles de la demanda, que es lo que determina sus prioridades, los trabajadores tienen que coordinarse, además, con el horario de las escuelas de sus hijos, con el de las tiendas y servicios, con las distancias entre su lugar de trabajo y sus hogares, etc. “Su capacidad de ser flexibles está ligada a sus compromisos con otras personas y es probable que varíe a lo largo de su vida laboral”.

Los desajustes entre los ritmos del trabajador y el de la empresa pueden resolverse mejor o peor en función del tipo de sociedad en la que viva: allí donde el tiempo remunerado es la prioridad absoluta, es inevitable que se agudicen las fricciones. De ahí la propuesta de Adam: “Cambiar la forma en que concebimos el tiempo nos daría más posibilidades de armonizar el trabajo con el cuidado y la creatividad”.

En su opinión, este replanteamiento es lo que nos permitiría pasar “del estrés al bienestar” en el ámbito laboral. Y esto implica convencerse de que “el tiempo de las máquinas” no es igual que “la temporalidad vivida” por las personas. O en otras palabras: que los empleados no son unidades de producción autónomas, sino seres sociales que también se deben a las familias y a las comunidades a las que pertenecen.

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