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La ética del cuidado

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La pandemia, al hacer evidente la fragilidad humana, ha puesto de relieve a la vez la necesidad y el valor del trabajo de los que cuidan a otros. Esto invita a acercarse a la “ética del cuidado”, una corriente de pensamiento moral, social y político que ve en la vulnerabilidad de las personas y la solicitud por ellas un aspecto esencial de la vida individual y colectiva.

La ética del cuidado forma ya un cuerpo de doctrina, elaborado principalmente por feministas norteamericanas. La inició Carol Gilligan en 1982 con su obra In a Different Voice.

Joan Tronto es la segunda gran figura de la corriente; su aportación se cifra en dos libros: Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care (1993), y Caring Democracy: Markets, Equality, and Justice (2013).

Poco después de Gilligan, Nel Noddings en Caring: A Feminine Approach to Ethics and Moral Education (1984) abre una nueva vía, que subraya los sentimientos y la inclinación natural como base del cuidado. Años más tarde, Noddings amplía su tesis en otro libro, The Maternal Factor: Two Paths to Morality (2010), donde sostiene que el instinto materno es una fuente principal de moralidad. También Sara Ruddick, que murió en 2011, siguió, a su modo, esta línea en su estudio Maternal Thinking: Toward a Politics of Peace (1995).

Otras dos autoras importantes son la ya fallecida Annette Baier (Moral Prejudices. Essays on Ethics, 1995), neozelandesa, y Eva Feder Kittay, que en Love’s Labor. Essays on Women, Equality and Dependency (1999) estudia la condición de las personas dependientes.

Como muchas de las pensadoras de esta corriente son feministas que vienen de la tradición posestructuralista, no es extraño que la ética del cuidado haya nacido en Estados Unidos y luego haya tenido eco sobre todo en Francia. Entre las representantes francesas se puede citar a Pascale Molinier, que reflexiona sobre las profesiones del cuidado en Le care monde (2018), y a Fabienne Brugère, que además de algunos estudios tiene una útil introducción a la ética del cuidado: L’étique du “care” (2017).

Hay que señalar también aportaciones de otras procedencias. En particular, gracias a Robert Goodin (Protecting the Vulnerable: A Reanalysis of Our Social Responsibilities, 1985), la vulnerabilidad es adoptada como uno de los conceptos centrales de la ética del cuidado. También una obra de Alasdair MacIntyre, Animales racionales y dependientes, confluye con la corriente del cuidado en su crítica del racionalismo ético de raíz kantiana y su visión del agente moral como un ser corpóreo y necesitado.

Una perspectiva femenina

El punto de partida de la ética del cuidado es la observación de que las mujeres tienen otro modo de plantear las cuestiones morales. Esa es la “voz diferente” que descubrió Gilligan hablando con muchas para un estudio de psicología evolutiva, su especialidad. Pero el hecho se puede interpretar de distintas maneras.

Para Nel Noddings, la perspectiva moral femenina está enraizada en la capacidad de ser madre, de nutrir y cuidar la vida del hijo. Aunque no es exclusiva de ella, la tendencia natural a cuidar, presente en todo ser humano, tiene en su versión femenina un carácter y una intensidad peculiares. A diferencia de cierta mentalidad racionalista y más bien masculina, la mujer tiende a tomar decisiones atendiendo no solo a principios abstractos de justicia, sino más bien a la vertiente afectiva; no solo sopesando derechos, sino preocupándose en especial por las consecuencias para las personas; prefiere evitar los conflictos y preservar la relación con los otros, que valora más.

La ética del cuidado se funda en una antropología encarnada, atenta a la vulnerabilidad, a la condición corporal, a la necesidad de ayuda

Son ideas populares ya desde antiguo, como señala Joan Tronto recordando el lema sufragista de hace un siglo: “Si las mujeres votaran, no habría más guerras”. Hoy se sigue empleando el argumento de que las mujeres tienden a reducir la conflictividad para defender, por ejemplo, la conveniencia de aumentar la presencia femenina en los consejos de administración. Lo mismo está también en el fondo de los elogios al estilo “empático” de gobernar de la primera ministra neozelandesa Jacinda Ardern, mostrado en particular tras los atentados de Christchurch y durante la pandemia. El caso de ella y de otras dirigentes nacionales suscitó hace algunos meses comentarios sobre la mejor suerte con el covid-19 que parecían tener países gobernados por mujeres.

Ética feminista

Las otras representantes de la ética del cuidado, que siguen la estela de Gilligan y son mayoría, coinciden en buena parte con Noddings en la descripción del modo femenino de mirar los asuntos morales, pero discrepan radicalmente en la interpretación. La tesis de Noddings les parece naturalista y con tendencia a justificar la relegación de las mujeres a la familia y la esfera privada, al sugerir que eso es a lo que por naturaleza se inclinan y lo que en el fondo desean; de ese modo, obstaculiza la igualdad con los hombres.

Menos objeciones ponen a Sara Ruddick, cuyo “pensamiento maternal” no es simplemente natural, sino ante todo una inteligencia educada y unas competencias. Pero le reprochan que cifre la especificidad femenina en la maternidad, porque lo consideran excluyente de muchas mujeres. Y creen que deja al margen la liberación de la mujer y la lucha por la igualdad.

Carol Gilligan, Joan Tronto y Nel Noddings (cc Deror avi, Zorgethiek y Jim Noddings)

Según Gilligan, ese enfoque “maternal” revela una “feminidad impuesta”: la idea tradicional de “mujer buena” olvidada de sí misma y dedicada a los demás. Es significativo que en In a Different Voice, Gilligan dedique dos capítulos al aborto, donde defiende que no es una negación del cuidado, sino de aquel modelo de entrega total. Al examinar los razonamientos morales por los que las mujeres llegan a la decisión de abortar, concluye que consideran la responsabilidad de cuidar según un punto de vista amplio, que incluye las necesidades ajenas y las propias.

Para la mayoría de estas pensadoras, que los hombres sean más competitivos, y las mujeres favorezcan más la cooperación, etcétera, son estereotipos. No vienen de la naturaleza, sino de modelos patriarcales inculcados a niñas y niños desde la primera infancia. Al sacar a la luz las voces morales femeninas, Gilligan no pretende sustituir un estereotipo por otro. Su objetivo siempre ha sido, dice, poner en cuestión presupuestos muy difundidos sobre la moral, para destacar el valor de las prácticas de cuidar a otros, que están subestimadas por ser ejercidas en gran medida por mujeres. Pero esa voz apagada del cuidado pudo oírla también, advierte, en jóvenes llamados a filas para combatir en Vietnam, que se planteaban responder o no pensando en las responsabilidades compartidas y la relación con los otros, venciendo el estereotipo masculino.

En fin, Gilligan propone que la ética de la responsabilidad (estereotípicamente femenina) y la ética de los derechos (estereotípicamente masculina) se completen mutuamente. No quiere –como tampoco Tronto– una “moral de mujeres”, pero sí una “ética feminista”, nacida de la experiencia de las mujeres y que facilite alcanzar para ellas la igualdad real. En palabras de Annette Baier: “Una ética feminista no es la guerra de las mujeres contra los hombres: la mejor teoría moral debe ser un producto colectivo de las mujeres y de los hombres, debe armonizar la justicia y la solicitud” (“The Need for More Than Justice”, en Ann Cud y Robin Andreasen [eds.], Feminist Theory, 2005).

Dialéctica de la dominación

Como se ve especialmente en Gilligan y otras pensadoras, esta ética feminista sigue el esquema dialéctico de dominación patriarcal. La insistencia en el desigual reparto del poder –en este caso, entre los hombres que delegan el cuidado y las mujeres que cuidan, e incluso entre quien cuida y quien recibe el cuidado– no acaba de casar con su reivindicación del cuidar, que es un servicio, y a veces no hace justicia a la realidad de nuestro tiempo. Algunas autoras siguen concibiendo el matrimonio al modo de Engels, como una relación de dominio y explotación de la mujer. Critican al neoliberalismo como si hubiese privatizado todo y aniquilado el Estado providencia.

Más matizada es la postura de Joan Tronto, que pretende abrir un espacio a la ética del cuidado dentro de la democracia liberal. Se aparta del sector del feminismo centrado en el reparto de poder, porque –dice– no representa a las mujeres en desventaja social, y sobre todo, porque supone aceptar las reglas de juego de la dominación masculina. En cambio, cree que la ética del cuidado da un planteamiento de partida más justo, y más beneficioso para la causa feminista. No cifrar el problema en la competencia por el poder y fomentar la responsabilidad de todos por todos es camino más directo a la igualdad.

La ética del cuidado no es enteramente separable de los debates feministas. En todo caso, ofrece aportaciones luminosas y muy dignas de ser tenidas en cuenta.

Antropología encarnada

En cuanto filosofía moral, la ética del cuidado se funda en una antropología encarnada, que mira por eso a la vulnerabilidad, a la condición corporal, a la necesidad de relación con los demás y de ayuda: a la vida de las personas concretas. Supone superar una de las “fronteras morales” a que se refiere Tronto en su libro: la del “punto de vista ético”, entendido como el del agente racional y desinteresado, propio del kantismo, que es también el árbitro de la justicia en la teoría de Rawls.

Tal visión tiende a relegar a un lugar secundario, un espacio privado habitado por mujeres, la crianza de los niños, las necesidades de cuidado que tienen las personas al enfermar o envejecer… En efecto, dice Tronto, “las cuestiones en torno al cuidado no han sido consideradas centrales para la mayoría de los pensadores y politólogos de tradición occidental”.

Pero en realidad, ningún ser humano se basta a sí mismo; somos fundamentalmente vulnerables e interdependientes. Como observa Tronto, “a lo largo de la vida, cada uno de nosotros pasa por diversos grados de dependencia e independencia, de autonomía y vulnerabilidad”. El ideal moderno de autonomía no es, en el fondo, realista. Habría que incorporar la fragilidad y el cuidado a la ética y la política “normales”, en vez de consignarlos a la periferia de las anomalías que no encajan en una teoría de la perfección.

Esa es también la periferia social y económica. Los “fuertes” se dedican a la actividad productiva y la competición profesional, gracias a que otros aseguran todo lo relativo al cuidado: la crianza de los niños, la atención de los ancianos y personas dependientes, el voluntariado social… En la mentalidad del éxito y la autonomía ve Eva Feder Kittay la causa de que el cuidar esté en los márgenes y de que quienes lo ejercen –mujeres en su mayor parte– estén subestimados.

En Love’s Labor, Kittay abre una reflexión moral y política sobre las grandes dependencias, que son formas extremas de vulnerabilidad. Bebe de su propia experiencia con una hija suya, afectada de discapacidad mental severa. Con tales personas, nunca podrá haber reciprocidad alguna, de modo que no podemos salvar el ideal de la emancipación con el recurso a la interdependencia: el “hoy por ti, mañana por mí” no funciona en estos casos. Kittay reclama que las personas totalmente dependientes y quienes las cuidan no sean invisibles, sino que gocen de la representación que merecen. Por eso, una sociedad justa –glosa Fabienne Brugère en L’éthique du “care”– “no puede considerar la dependencia una cuestión periférica: debe hacer de ella un problema central”. En concreto, debe “no solo sostener instituciones en favor de las personas dependientes, sino además ofrecer, a quienes dispensan los cuidados, recursos, apoyo y oportunidades de desarrollar sus competencias”.

Cuidar es cosa de todos

Las tareas de cuidado son estrictamente imprescindibles, como es fácil reconocer tras la pandemia en caso de que lo hubiéramos olvidado. Y si, como señala Tronto, la vulnerabilidad, de un modo u otro, antes o después, es universal, también ha de serlo el cuidado.

Joan Tronto invita a pensar “un mundo distinto, donde el cuidado diario de unas personas a otras sea un preciado supuesto de la existencia humana”

La desigualdad social, y en gran parte también sexual, entre los buscadores de éxito y quienes, en la sombra, cuidan, ha de suscitar una reflexión sobre qué hacemos todos, individual y colectivamente, para cuidar. Pues el asunto no se reduce a unos ricos que contratan niñeras inmigrantes. Hay muchas necesidades de cuidado que ciudadanos de una amplia clase media, o más baja, tienen grandes dificultades para cubrir, por sí mismos o pagando a otros, y no solo por motivos económicos.

Desde el punto de vista de la ética del cuidado, la conciliación entre vida laboral y vida familiar es mucho más que una distribución del tiempo. Las tareas de cuidar se distinguen por una dedicación no siempre regular, o regulada en parte por los imprevistos de la vida humana; se tornan imposibles si las exigencias de la productividad no dejan tiempo o fuerzas para cuidar. Y esto no se arregla simplemente poniendo coto al trabajo, si –como sostiene Tronto– parte del problema está en otra de las “fronteras morales” –entre lo público y lo privado– que, según ella, hay que desplazar. “Separar el trabajo de todas las demás actividades de la vida –dice– y someterlo a las leyes del mercado fue aniquilar todas las formas orgánicas de existencia y sustituirlas por un tipo distinto de organización, atomista e individualista”.

Necesitamos entonces otros modos de plantear la vida, que lleven a soluciones nuevas para asegurar el cuidado (ver segunda parte). Las propuestas de pensamiento y acción inspiradas en la ética del cuidado pueden –como dice Tronto que espera lograr en Moral Boundaries– “ofrecer un atisbo de un mundo distinto, donde el diario cuidarnos unos a otros sea un preciado supuesto de la existencia humana”.

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