Para quienes quieran desarrollar sus propias habilidades, la inteligencia artificial generativa puede ser una aliada; no así para los que delegan en ella el pensamiento.
En “Nexus”, su última obra, el historiador israelí analiza las redes de información y alerta de los peligros de la IA, sin aportar soluciones creativas.
Pocos analistas creen que Alphabet, la empresa matriz de Google, vaya a ser obligada a dividirse. La aceptación social de sus productos y su “insustituibilidad”, claves.
Este interesante “thriller” plantea de forma eficaz, aunque sin respuestas muy profundas u originales, el debate cada vez menos ficticio de si la IA impartiría justicia mejor que los humanos.
Las grandes plataformas están en el punto de mira de los gobiernos, que las acusan de ejercer prácticas monopolísticas o de difundir contenidos ilícitos.
Conversamos con el autor a raíz de su último ensayo, en el que aporta una visión realista, ni apocalíptica ni ingenua, del impacto de la IA en nuestras vidas.
La inteligencia artificial ofrece nuevas posibilidades técnicas a las redacciones, pero también plantea debates inéditos sobre la ética profesional y la relación entre los medios y los lectores.
La pujanza de China y Estados Unidos en el sector, aunque no exenta de problemas, obliga a Europa a no quedarse atrás; pero cada país tiene sus circunstancias, y no todos lo ven claro.
En el establecimiento de pautas sobre el empleo de “software” creador de contenidos en el proceso de enseñanza-aprendizaje, las autoridades educativas llevan retraso.
Para los primeros, la relación causal entre el uso de pantallas y la incidencia de problemas psicológicos en menores es evidente. Para los segundos, simplista.
El tiempo que pasa un niño pequeño ensimismado con una pantalla le resta oportunidades de interactuar con su cuidador y, consecuentemente, de aprender léxico.
Una encuesta a profesores, alumnos y padres señala una cierta predisposición general a usar esta tecnología, pero también reparos concretos sobre su posible impacto.