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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 80/13

A sus 46 años, el canadiense Denis Villeneuve ha pasado a jugar en la liga de las majors estadounidenses con esta película del sello Warner. Con 50 millones de dólares de presupuesto, un equipo técnico de primera y un reparto con actores muy conocidos, lleva recaudados 62 millones, de los que 48 corresponden a Estados Unidos y Canadá. Prisionerosclausuró el reciente festival de San Sebastián, que homenajeaba a Hugh Jackman, protagonista de la película.

En las películas anteriores de Villeneuve (Incendies, Polytechnique, Maelström) siempre está presente la tragedia extrema, con personajes torturados por unos acontecimientos brutales hasta el paroxismo que les golpean de manera terrible. Prisioneros sigue esa línea en cuanto a la temática y el tratamiento.

Keller Dover, carpintero, vive con su mujer y sus dos hijos en una urbanización de un pequeño pueblo de Pensilvania. Su hija de 6 años y la hija de un matrimonio amigo son secuestradas cuando salen solas a la calle en un descuido. La policía detiene a un sospechoso. Cuando la investigación se atasca, Keller decide actuar.

A pesar de su abrumador metraje, el relato de Villeneuve se sigue con interés. Todo está contado con tremenda fuerza, en buena medida por la calidad del trabajo actoral (mención especial para un excelente Gylenhaal que encarna al detective que se encarga del caso), por la expresiva fotografía del gran Roger Deakins (El bosque, El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, O Brother!) y por un formidable montaje de Joel Cox y Gary Roch, los editores del mejor cine de Eastwood.

La película es oscura, turbadora, y sus personajes conmueven, aunque en algunas revueltas de la historia se caiga en un lugar común de bastante thriller reciente: un tipo que reza o es religioso aparece como sospechoso o, al menos, como una persona atormentada y tortuosa. En este caso, el lugar común se podría haber evitado, porque queda relativamente claro que no hay intención de meterse con la religiosidad cristiana. Es más bien otro ejemplo de un tic socorrido, que va resultando cansino. A película vista, parece notorio que el catolicismo se ha retratado de manera muy poco creíble: la historia se sirve de él, en el peor sentido posible. Con todo, es cierto que cuando se van revelando los móviles, los antecedentes del secuestro, todo da mucho miedo. En buena medida, y por desgracia, porque ocurren cosas así en Estados Unidos.

Prisioneros tiene una caligrafía audiovisual imponente, aunque la historia se retuerza de manera excesiva, con un efectismo tremendista. Algo muy de moda en un sector del cine y de las series de TV.

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