Después de recaudar 700 millones de dólares en los cines con Transformers, era previsible que Michael Bay y Steven Spielberg hicieran otra película basada en unos juguetes japoneses de los años 70 del siglo pasado, que dieron lugar a unos populares tebeos de Marvel.

Dice un lema promocional que Bay lleva “reventando” las taquillas desde 1995. Ciertamente, el realizador californiano de 44 años ha ganado mucho dinero con películas de acción que responden a los principios de explosiones continuas y pensamiento cero. Ahí están Bad Boys, La roca, Armageddon, Pearl Harbor y La Isla para demostrarlo. Pero no es menos cierto que esas películas han “reventado” los tímpanos -y la paciencia- de muchos espectadores abrumados por su aparatosidad hueca y desangelada.

En esta segunda entrega hay una vis cómica más sutil, que oxigena una cinta que de otra manera sería insufrible. La fascinación de Bay por los uniformes militares, las llamativas chicas-florero, las armas y los coches tuneados se vuelve hasta cierto punto socarrona, dando lugar a un primer acto simpático, desenvuelto y espectacular. Como suele ocurrir a Bay, que desconoce el sentido de la medida, sus aciertos pierden brillo por una redundancia machacona que deja al descubierto su incapacidad para rodar y montar sin recrearse en la capacidad amplificadora de los efectos digitales. Entre los trenes baratos -y chuscos- a los que Bay se sube sin titubear está su retrato de las mujeres como objetos decorativos junto al macho dominante. Si Bay fuese capaz de dejar de gritar, cinematográficamente hablando, su película, abrumadoramente larga, sería mejor en todos los sentidos.

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