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Termina la tremendamente rentable saga de los vampiros enamorados. Vistas las recaudaciones, los productores de Crepúsculo decidieron que, aunque no quedaba historia, el cuarto tomo de la novela de Stephanie Meyer se podía dividir en dos películas. Si la primera parte de Amanecer era básica, en esta, el argumento es risible: Edward y Bella ven cómo su hija crece a una velocidad de vértigo mientras el hombre lobo –que se ha imprimado con la pequeña y ahora ya no le importa Bella– vigila su crecimiento. Después hay una batalla entre los vampiros italianos y la familia Cullen y amigos. Y nada más.

Entremedias continúan las miradas arrobadas, los gestos de nostalgia y profundo sufrimiento, las medias sonrisas supuestamente irresistibles de Edward, los pensamientos en off de Bella, que, convertida en vampiro, es más feliz que una perdiz (“Me siento más viva que nunca”, dice a modo de clímax dramático rodeada de luz), su ración de sexo –menos que en la entrega anterior, ya que el morbo ha desparecido– y su ración de gore. Porque en este Amanecer tan rosa hay mucha sangre, en la parte 1 por el parto y en la 2 porque el modelo de romperle la cabeza al vecino (mira qué bien nos ha quedado este efecto) se repite hasta la saciedad.

Todo muy alargado porque hay que rellenar 115 minutos de nada. Y con varios finales, que eso de terminar cinco o seis veces, viste mucho. Y con un broche final dirigido a producir en algún incauto fan el deseo seguir revisando la saga. Aunque a este fan de paladar estragado por exceso de bestseller edulcorado yo me ofrezco a darle unos cuantos títulos de películas románticas de verdad, o de vampiros, o de acción, o de lo que sea. Y luego, hablamos.

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