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Jason Bourne, el superagente -o superasesino-, de la CIA, que desapareció del mapa hace un par de años, vive feliz en Goa. De repente, siente una extrema ansiedad. “Ellos” le han localizado y siguen empeñados en eliminarle. La historia sigue el mismo esquema: persecuciones, acciones en paralelo…

La historia funciona porque Matt Damon, sin ostentación, por pura fatalidad, utiliza con rapidez y eficacia los mortíferos talentos que la CIA le dio, y también porque la película no tiene más pretensión que la de entretener durante un par de horas y el productor Marshall (el de la trilogía de Indiana Jones) sabe realizar filmes entretenidos y bien acabados. No en vano ha utilizado a la mayor parte del equipo de la primera entrega, que tan buen resultado le dio. Por cierto, a la vista del éxito (168 millones de dólares sólo en Estados Unidos) ya están rodando El ultimatum de Bourne.

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