Tras resolver un peliagudo conflicto interreligioso en Jerusalén, el prestigioso detective belga Hércules Poirot es reclamado por la policía británica para encargarle un caso difícil. Pero, durante su viaje desde Estambul en el Orient Express, uno de los pasajeros es asesinado en extrañas circunstancias, que desafían la penetrante inteligencia de Poirot.

Aunque lo intenta en varios audaces planos secuencia y en espectaculares panorámicas de paisajes naturales y digitales, Kenneth Branagh tampoco recupera en esta película la frescura narrativa y la potencia dramática y visual que mostró en Enrique V —su sensacional debut como director— y en otros de sus primeros filmes tras la cámara, como Mucho ruido y pocas nueces o En lo más crudo del crudo invierno. En esta nueva versión de la clásica novela policiaca de Agatha Christie, el actor y director galés da la talla en la piel del detective belga Hércules Poirot y dirige con rigor un reparto de campanillas, que sostiene con profesionalidad la intriga. Pero no arranca de ellos ninguna interpretación memorable, e incluso permite ciertos excesos de histriónica teatralidad.

El resultado es una película vistosa, preciosista y suficientemente entretenida, pero con escasa personalidad, que aporta poco al género y en la que hasta la banda sonora de Patrick Doyle resulta rutinaria.

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