Con solo tres películas y un corto –sobresaliente–, Rodrigo Sorogoyen ha conseguido situarse como uno de los cineastas españoles más prometedores. El estreno de El reino en el reciente Festival de San Sebastián se convirtió en un acontecimiento. Los pases, a reventar. Había expectación por conocer qué había hecho el director de la sugerente y original Stockholm y la violenta y potente Que Dios nos perdone. En la primera película puede sonar la flauta, la segunda puede beneficiarse de la mirada benévola al “niño prodigio que empezó con cintas de bajo presupuesto y ahora rueda un thriller”; pero a la tercera va a la vencida y uno, o se consolida, o se estrella. A Sorogoyen le ha pasado lo primero.

Y eso que la apuesta no era fácil. El reino es un thriller político absolutamente pegado a la realidad española. Sin hablar de un partido concreto, es fácil identificar las tramas de corrupción política a nivel autonómico del PSOE y del PP (tirando un poco más a Valencia que a Sevilla, todo hay que decirlo), como también se identifican personajes de la política, la banca y los medios, con interpretaciones que parecen casi cameos. Esta cercanía podría haber convertido la película en un documental de denuncia o en una pieza de cine social más o menos dramatizada. Sorogoyen ha elegido una vía más difícil –o quizás más fácil si tenemos en cuenta que es un cineasta y no un profesor ni un político– y ha rodado un thriller que es puro cine, pura acción, puro drama. Y ha dejado que el espectador saque las consecuencias. No hay un ápice de didactismo en su propuesta y, sin embargo, ni en el Parlamento, ni en los informativos, ni en los editoriales, he visto, leído o escuchado una crítica tan contundente a la corrupción.

Desde la escena inicial que contextualiza la historia en unos pocos minutos, Sorogoyen construye su película como un clímax continuo. No hay apenas respiro en una trama compleja pero que se sigue bien, gracias a unos diálogos bien trabados y a un reparto sobresaliente en el que destaca Antonio de la Torre, que está simplemente perfecto.

Se ha hablado mucho del montaje de la película, y se entiende, porque es proverbial. Proverbial y necesario para que la película no pierda ritmo y para que mantenga el tono frenético que exige la huida hacia delante de un grupo de personas que probablemente nunca se pararon a pensar en las consecuencias de sus actos (que es la tesis de la película). La borrachera del poder, de la codicia, del sentirse por encima de la ley, tiene su propia banda sonora, un insoportable ruido exterior dirigido a anular cualquier voz de protesta de la conciencia.

Que Rodrigo Sorogoyen enfrente directamente la corrupción política con la conciencia personal me parece una genialidad. Que lo haga además con un thriller absorbente de esos que llenan las salas, me demuestra que el cine puede ser algo más que un arte.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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