Este libro permite conocer, de un modo sencillo y original, cómo se gestó y se recibió la constitución Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II. Ramón Sala estudia a seis pastores santos de aquella época para descubrir la estrecha relación de su pensamiento con ese documento, tanto en el origen del texto, como en la huella que dejó en cada uno: dos papas (Pablo VI y Juan Pablo II), tres prelados (san Josemaría, san Óscar Romero y el beato Eduardo Pironio, cardenal) y un superior religioso (el P. Pedro Arrupe, SJ).
Los seis capítulos del libro son independientes: se pueden leer en el orden que se prefiera, como señala expresamente el autor. Efectivamente, cada uno presenta acentos propios, aunque se advierte una gran convergencia, especialmente en cuatro puntos esenciales de GS: la apertura de la Iglesia al mundo, el valor de la persona y su dignidad, el reconocimiento de la justa autonomía de las realidades temporales, la necesidad de un encuentro fecundo entre fe y cultura. Para Ramón Sala, el legado común es la condición de “modelos de santidad”: “les corresponde con razón ser venerados hoy como los santos padres de la ‘Iglesia en salida’”.
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Tal vez sin proponérselo, el libro contribuye al conocimiento de la historia reciente de la Iglesia, a través del planteamiento y desarrollo de los grandes temas que configuran buena parte de su misión en nuestro tiempo; a la vez, confirma la originalidad del Concilio Vaticano II, que sigue siendo ineludible punto de referencia sesenta años después de su clausura, gracias también al magisterio posterior y al trabajo ejemplar de tantas personas esparcidas por los rincones del planeta.
El primer capítulo describe el decisivo papel de san Pablo VI en la concepción, elaboración y recepción inicial de GS. Pero también, a partir de su elección como papa, el gran impulso que imprimió en los trabajos conciliares, para profundizar en la esencia de la Iglesia y la amplitud de su misión en el mundo moderno.
El capítulo segundo recuerda la participación de san Josemaría en las tareas conciliares, y sintetiza luego sus enseñanzas –a veces en paralelo con GS– en temas centrales de su espiritualidad, como llamada a la santidad –específicamente, en medio del mundo–, misión de los laicos, santificación del trabajo y la familia, libertad, cultura y educación. No le pasan inadvertidas sus fuertes expresiones contra el clericalismo. Reconoce que no han faltado voces que le acusaban de preconciliar. Pero, al tratar las fuentes con objetividad, concluye que vislumbró aspectos claves de la eclesiología conciliar y de la misión de la Iglesia.
Los aspectos de la llamada inculturación y de la opción preferencial por los pobres son patentes en la vida de san Óscar Romero, quien tuvo que defenderse de quienes no entendían la integridad del mensaje cristiano, aferrados a esquemas del pasado. Encontró una gran brújula en GS. Sufrió cuando sufrían sus fieles y sus sacerdotes, y padeció el mismo la violencia, hasta la muerte. Su fidelidad marca caminos claros de la aplicación del magisterio a las circunstancias reales de cada lugar.
Distinto es el caso del P. Arrupe, que llegó a participar directamente en la etapa final del Concilio al frente de la Compañía de Jesús y de la Unión de Superiores religiosos. Aportó su mirada misionera –venía de Japón–, ante todo, para cumplir el mandato de Pablo VI en relación con el ateísmo de una sociedad secularizada, tan ligado, a su juicio, a la promoción de la justicia y la paz, e inseparable de la inculturación de la fe y del diálogo con los no creyentes.
Otro gran protagonista de aquellos tiempos fue el cardenal argentino Eduardo Pironio, beatificado en 2023. Participó en el Concilio como perito y luego como obispo, y contribuiría a su recepción también desde sus cargos en el CELAM, especialmente en la célebre conferencia de Medellín en 1968. Sus aportaciones giraron casi siempre en torno al papel de los laicos, que había cultivado joven desde la Acción Católica. Continuó en esa línea desde sus tareas en la Curia romana, profundizando en el contenido de valores esenciales como la misión evangelizadora y la comunión eclesial.
El libro termina con la inolvidable figura de san Juan Pablo II, que condujo la Iglesia hacia el tercer milenio, como expresó ya en su primera y programática encíclica Redemptor hominis de 1979. Este último capítulo, dentro de su brevedad, tiene dos partes: la intervención del obispo polaco en la preparación y discusiones de GS, y la posterior relevancia en el magisterio del largo pontificado de san Juan Pablo II. Como papa, se empeñó en profundizar y aplicar los grandes texto del Concilio, y de modo muy personal, GS, convencido como estaba de la verdad suprema del n. 22: “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”.
En suma, la obra de Ramón Sala permite recordar o conocer un período apasionante de la historia de la Iglesia. Y anima a leer o releer los textos más importantes de una época de impresionante altura y fecundidad del Magisterio eclesiástico, que no ha perdido vitalidad con el transcurso de los años.