Juan Pablo II, el Papa de la libertad y de la familia

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Juan Pablo II fue el Papa con la misión de introducir a la Iglesia en el tercer milenio. Al cumplirse cien años de su nacimiento (18 de mayo) y considerar su legado, podemos prestar atención a dos aspectos principales de su enseñanza: la libertad y la familia, que para él no eran simples ideas, sino causas decisivas en las que se juega el destino de la humanidad.

“Estamos ante la contienda final entre la Iglesia y la anti-Iglesia, el Evangelio y el anti-Evangelio”, dijo hace casi medio siglo el cardenal Karol Wojtyła durante una visita a los Estados Unidos. En esos días, algunos habrían podido dar a sus palabras una interpretación política –gran parte del globo se encontraba bajo el dominio o la influencia de la atea Unión Soviética.

Hoy, la división del mundo en dos –el comunismo totalitario y las democracias libres– pertenece ya al trastero de la historia, pero el pensamiento de Wojtyła sigue siendo actual, quizá incluso más que entonces.

Ver más lejos

Una muestra de que el futuro Papa entendía más y veía más lejos que sus contemporáneos es una declaración aún anterior, del otoño de 1958, poco después de ser nombrado obispo auxiliar de Cracovia.

“Fui a pedirle que me admitiera en su seminario de doctorado –recuerda el catedrático Stanisław Grygiel, filósofo y profesor del Instituto Pontificio para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia–. El obispo me preguntó por mi tema. Le respondí que quería dedicarme a la visión de la persona humana en la obra de Albert Camus”.

Wojtyła le propuso que estudiara a Jean-Paul Sartre. Le dio dos motivos: “Si Jean Paul-Sartre, con su visión de la libertad, entrara en el ámbito polaco, eso ayudaría a destruir el comunismo. En segundo lugar: esa filosofía es muy peligrosa para la Iglesia, así que hay que prepararse para su venida”.

Una característica de toda la vida de Juan Pablo II es que lo humano se entrelaza con lo místico

Ya entonces, veinte años antes de llegar a la cátedra de san Pedro, Wojtyła veía claramente dónde se ocultaba el principal desafío para la Iglesia en la víspera del tercer milenio. La apoteosis de una libertad individual desligada de la verdad objetiva suponía un ataque directo a la visión de la persona humana arraigada en la Revelación. Sobre un sustrato filosófico y práctico, iba desarrollándose una justificación para la elección de nuestros primeros padres que nos presenta el Génesis, cuando los vemos arrancar el fruto del árbol, pues habían creído que eran ellos, y no Dios, quienes podían dictar lo que es el bien y el mal.

Pensamiento y acción

En este contexto, no es de extrañar que, después de ser elegido Papa, Juan Pablo II decidiera actuar en dos direcciones. Por un lado, no ahorró esfuerzos a la causa de la libertad religiosa, muestra palpable de lo cual fue su visita a Polonia en 1979. Como resultado de esta peregrinación surgió una revolución moral que desembocó primero en el sindicato “Solidaridad” y después en la caída del muro de Berlín. Al mismo tiempo, sin embargo, el Papa acometió una profunda labor intelectual acerca de la visión de la persona humana en un aspecto concreto: el de su vocación al amor, en primer lugar dentro de la familia. De ahí un ciclo de catequesis que nos dejó el fruto de la teología del cuerpo, y también el primer Sínodo Extraordinario acerca de la misión de la familia en el mundo contemporáneo.

Una característica de toda la vida de Juan Pablo II es que lo humano –pensamiento y acción– se entrelaza con lo místico. Lo mismo ocurre en este caso. Podemos decir que todo confluye en la plaza de san Pedro el 13 de mayo de 1981. Hay cada vez más indicios de que no solo se trataba del atentado de una potencia contra la vida de un peligroso enemigo, sino también de una misteriosa confrontación, a la altura de una profecía del Apocalipsis. El atentado impidió que el Papa anunciara la erección del mencionado Instituto para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia (fue inaugurado finalmente un año después) y del Pontificio Consejo para la Familia. Ese mismo día iba a celebrarse en la Piazza Navona una gran manifestación proabortista. La concentración fue cancelada, pero finalmente el aborto fue legalizado en Italia.

El refugio seguro

Celebramos el centenario del nacimiento de san Juan Pablo II a la sombra de la pandemia del coronavirus, que ha dado al traste con todos los festejos relacionados con este aniversario. Al mismo tiempo, sin embargo, la epidemia nos ha hecho ver con fuerza inusitada que el refugio seguro para el hombre es el hogar, aquella “Iglesia doméstica” sobre la que se edificó el cristianismo de los primeros siglos.

Quizá sea hoy más evidente que nunca a qué se condenan las sociedades en las que predominan las familias rotas, las relaciones de los más diversos tipos, basadas en el egoísmo; las residencias de ancianos para los que no hay lugar en sus propias familias, las clínicas en las que, en lugar de salvar la vida humana, esta es destruida… Todo esto lo previó Juan Pablo II, a quien el Santo Padre Francisco llamó “el Papa de la familia” durante su canonización. Y no solo lo previó, sino que preparó a la Iglesia por medio de su labor y su enseñanza.

El 7 de mayo, en Wadowice, ciudad natal de Juan Pablo II, allí donde, como él mismo dijo, “empezó todo”, ha sido abierto el proceso de canonización de sus padres. Unos días antes, el 3 de mayo en Częstochowa, ante la imagen de la Madonna Negra de Jasna Góra, el arzobispo Stanisław Gądecki, presidente de la Conferencia Episcopal de Polonia, recordó que Karol Wojtyła podía no haber nacido.

En opinión de los médicos, el embarazo de Emilia Wojtyła era de riesgo y le propusieron abortar. Gracias al valor de sus padres y a su amor mutuo, el niño se salvó. Nació cuando los bolcheviques se dirigían hacia Varsovia y murió cuando el mundo había entrado en una honda crisis moral. Toda la vida del Papa polaco fue una sinfonía en honor a la Verdad, el Bien y la Belleza. ¿No necesita este mundo que le recuerden a este profeta que confirmó con su vida la veracidad de aquello que enseñaba? De ahí que parezca muy razonable que el arzobispo Gądecki solicite que se le conceda a Juan Pablo II el título de Doctor de la Iglesia.

 

Paweł Zuchniewicz es profesor y periodista, autor de numerosos libros, entre ellos, Jan Paweł II: “Będę szedł naprzód”. Powieść biograficzna, la primera biografía novelada de Juan Pablo II.

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