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El actor, guionista y realizador francés Guillaume Canet (38 años) demostró en No se lo digas a nadie –un sólido thriller policiaco– que manejaba los resortes para dirigir un film: buena mano con los actores, dominio del tempo narrativo y control de la planificación, la puesta en escena y el montaje. En su nueva película, Canet cambia de registro pero confirma que es un director digno de ser tenido en cuenta.

Una pandilla de amigos que rozan la cuarentena se reúnen cada año en una bellísima casa costera. El grave accidente de Ludo, uno de ellos –en coma e ingresado en un hospital– no impide que emprendan sus vacaciones, mientras siguen de lejos la evolución del amigo ausente. En la convivencia diaria se van descubriendo los secretos, las frustraciones y las esperanzas de cada uno.

Partiendo de un hecho autobiográfico, Canet radiografía una generación –que es la suya– de forma muy crítica, poco complaciente y, a pesar de todo, amable en las formas. No es un retrato negro, ni pesimista, ni siquiera amargo, aunque haya brochazos de amargura y de tristeza en el relato. Y los hay porque Canet tiene muy claro que una sociedad que va a cien por hora, que no tiene tiempo para dedicar a la familia y a los amigos y que miente –pequeñas mentiras que resultan ser vitales– para proteger su egoísmo es una sociedad triste y condenada a la amargura. Que Canet envuelva esta cruda radiografía en papel de sitcom americana, con una cuidadísima banda sonora, unos atinados diálogos y unos personajes que inspiran empatía a pesar de sus egoísmos es muestra de inteligencia. Una inteligencia que, sumada a un reparto estelar capitaneado por una magnífica Marion Cotillard, le ha llevado a un éxito monumental en la taquilla francesa (5 millones de espectadores).

¿El punto flaco? A la cinta le sobra metraje –154 minutos son excesivos– y le falta conclusión y nitidez de juicio. Canet apunta pero no cierra. No es el fin de una película pero sí el de una reflexión moral, que esto es, según palabras del propio director, Pequeñas mentiras.

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