La trágica muerte de Diana de Gales mientras huía de los objetivos de los paparazzi ha reabierto el debate deontológico sobre el derecho a la intimidad y a la libertad de información, así como sobre las respectivas responsabilidades de los editores, los fotógrafos, los famosos y el público.
Diversos gobiernos están reconociendo públicamente culpas pasadas de sus predecesores y pidiendo perdón a las víctimas. ¿Qué sentido tienen tales gestos? ¿Sirven para algo?
La televisión puede convertirse en una droga que se consume en dosis proporcionales al grado de insatisfacción con la realidad, comenta Theodore Dalrymple, médico británico, en The Daily Telegraph (Londres, 16-VI-97).