Woody Allen: treinta años detrás de la cámara

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Duración lectura: 13m. 51s.

Se le ha calificado de cronista del Upper East Side de Nueva York y del mundo occidental. Desde finales de los años setenta, Woody Allen viene practicando una investigación sociológica con medios cinematográficos de esa clase media, más o menos intelectual, que dio su impronta al siglo XX. Con ocasión de sus 65 años, cumplidos en diciembre último, y del reciente estreno de la película número treinta por él dirigida, Granujas de medio pelo, ofrecemos una aproximación a la evolución de su filmografía y al ideario que se exterioriza en sus obras.

«Dos señoras de edad están en un hotel de alta montaña. Y dice una: “Vaya, aquí la comida es realmente terrible”. Y contesta la otra: “Sí, y además las raciones son tan pequeñas”. Pues básicamente es así como me parece la vida: llena de soledad, misterio, sufrimiento, tristeza… Y sin embargo se acaba demasiado deprisa». En estas frases, pertenecientes a la primera secuencia de Annie Hall, la obra que ganó cuatro Oscars en 1978, se manifiesta una constante del cine de Woody Allen: el chiste sirve de vehículo para expresar cierta concepción de la vida.

Annie Hall le dio a conocer a un público amplio; a partir de entonces Woody Allen comenzó a contar con seguidores fieles, más numerosos en el Viejo Continente que en Estados Unidos, en particular dentro de un sector intelectual, que se vio retratado, con sus grandes o pequeñas neurosis, en esos filmes -“Annie Hall ha dado en el nervio de toda una era”, dijo entonces un crítico-. Pero ese éxito probablemente también se debió a que Woody Allen plantea las cuestiones trascendentales con una distancia irónica y cierta agudeza de ingenio, pero al mismo tiempo con una liviandad que no exige respuesta comprometedora.

Woody Allen en Granujas de medio pelo

Un universo personal

Cuando rodó Annie Hall, Allan Stewart Koenigsberg, alias Woody Allen, había dirigido ya cuatro películas, desde que firmó Take the Money and Run (Toma el dinero y corre, 1969). Esas primeras obras destacaban por su humor anárquico, cáustico en ocasiones y de corte anticultural casi siempre; más que un relato ofrecían una sucesión de chistes verbales y ópticos, algunos geniales, otros de evidente bajo nivel. Annie Hall y Manhattan (1979) -que bien podría calificarse como una continuación de aquella, estética y fílmicamente perfeccionada- presentaban un enfoque más universal: lo que en ellas se refleja no es solo la midlife-crisis de los intelectuales de la clase media, sino la profunda desorientación que sufre toda una civilización en el último cuarto del siglo XX.

En la historia del cine no muchos realizadores han logrado dar a su obra una unidad capaz de mantenerse a lo largo de los decenios; menor aún es el número de los cineastas que han sabido imprimir a sus filmes un carácter reconocible. Así como la crítica ha acuñado, por ejemplo, el término Coen County para designar el mundo en el que se desarrollan los filmes de los hermanos Joel y Ethan Coen, también se puede hablar de un “universo woodiano”; aunque las historias y en parte también los géneros difieren, hay aspectos omnipresentes en las obras completas de Woody Allen, constantes que quedaron fijadas ya a finales de los años setenta.

Sus temas son aún la relación entre un hombre y una mujer, el sexo -tratado de un modo más o menos crudo- y cierta obsesión por la muerte. Mientras que en Manhattan, Isaac Davis, después de dos divorcios, no consigue decidirse entre dos mujeres, Alvy Singer da vueltas a su malograda relación con Annie Hall. El fracaso de las relaciones sentimentales es un aspecto recurrente en el cine de Woody Allen, aunque en su filmografía también se retraten relaciones amorosas con un final feliz (Hannah y sus hermanas [Hannah and Her Sisters], 1986) e incluso se presenten matrimonios que se recomponen después de sufrir crisis (Poderosa Afrodita [Mighty Aphrodite], 1995). En este sentido, su hasta ahora última obra, Granujas de medio pelo (Small Time Crooks, 2000), sorprende precisamente por el papel realmente inédito que hace en ella el propio Allen: Ray Winkler lleva veinticinco años casado, en un matrimonio que sale a flote a pesar de los obstáculos.

El artista contra la industria del espectáculo

En Annie Hall aparecía también otra constante que se repetirá en varias ocasiones en el universo woodiano: la referencia a la biografía de los personajes que él encarna, lo que dio pie al mito del carácter autobiográfico de su cine. Sin embargo, a diferencia de Nanni Moretti, quien edita Caro Diario y Aprile partiendo de un material documental autobiográfico, Woody Allen escribe su autobiografía de un modo cada vez nuevo.

En Días de radio (Radio Days, 1987) se inventará su propia niñez, subrayando un elemento que, más o menos expresamente, se manifiesta en toda su obra: su condición de judío. Mientras que, en Annie Hall, Alvy resultaba antipático a la abuela de Annie por ello, en Hannah y sus hermanas este aspecto le servirá para ocurrencias divertidas: “Me lo he pasado en grande, como en el proceso de Nuremberg”. “¿Por qué existe el mal? Por decirlo en dos palabras: ¿Por qué hubo nazis?”.

A finales de los setenta se añade ya otro elemento inherente al cine woodiano: la lucha del artista contra la industria del espectáculo, de la televisión y de Hollywood. Alvy Singer no sucumbe a la tentación de la celebridad y del dinero, y se niega a seguir a su antiguo socio Rob (Tony Roberts) a California. Hastiado, Isaac David deja, en Manhattan, su trabajo de telebasura y se dedica a una actividad más intelectual, la de escribir un libro. La pugna entre el artista y el industrial de cine y televisión se convertirá en una de las tramas de la acción en Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989), donde el pequeño autor Cliff Stern (Woody Allen) se enfrenta al rey de los medios Lester (Alan Alda), un personaje intelectualmente subdesarrollado.

El arte y la vida

A comienzos de los años ochenta, la vida y el cine de Woody Allen dieron un giro fundamental: mientras que en todas sus películas de 1973 a 1979 había tenido como compañera a Diane Keaton, entre 1982 y 1992 la protagonista femenina será Mia Farrow. Bajo la influencia de la católica Mia Farrow, el cine del agnóstico Woody Allen se vuelve más reflexivo y adquiere profundidad. Con Mia Farrow en el papel de Cecilia, Woody Allen -sin aparecer él en la pantalla- rueda La rosa púrpura de El Cairo (The Purple Rose of Cairo, 1985), un homenaje al cine y al espectador, una magistral reflexión de tintes poéticos -que el propio Allen cuenta entre sus predilectas- sobre la realidad y la ficción, el sueño y la vida, sobre la vida y el arte y sobre las ilusiones perdidas. “Las personas reales añoran una vida en la fantasía, y las criaturas de la fantasía ansían una vida real”, dice el agente de Gil Shepherd (Jeff Daniels), el actor cuyo personaje Tom Baxter desciende de la pantalla para conquistar a Cecilia.

Su siguiente obra, Hannah y sus hermanas, es un buen ejemplo del cine de Woody Allen en los ochenta: Hannah es la perfecta esposa, la perfecta hermana y la perfecta actriz, que de pura perfección se distancia de las personas de su entorno, poniendo así en peligro su felicidad. Su marido Elliot (Michael Caine) no se ve capaz de estar a su altura y se siente atraído por Lee (Barbara Hershey), hermana de Hannah. La tercera hermana, Holly (Dianne Wiest), plasma un aspecto típico del cine woodiano: la relación entre el arte y la vida, aquí ya de una forma madura. Holly posee la sensibilidad del artista, pero no tiene el talento necesario para llegar a serlo. Intentará trabajar como actriz, como cantante… hasta que escriba un guión realmente bueno. Al final, se decidirá por la vida: en la última secuencia la vemos casada con Mickey (Woody Allen) y esperando un hijo.

Más preguntas que respuestas

Por otro lado, Hannah y sus hermanas anuncia una búsqueda existencial que caracterizará a sus películas más valiosas y perdurables, las de finales de los ochenta, en la persona de Mickey Sachs (interpretado por el propio Woody Allen), quien deja su trabajo en televisión para buscar el sentido de la vida. En lo formal, este film desarrolla una técnica narrativa propia, pues la figura de Mickey toca solo tangencialmente la acción principal.

Este método de “dos películas en una” lo volverá a emplear, magistralmente, en la más compleja de todas sus obras: Delitos y faltas, que con Otra mujer (Another Woman, 1988) y Alice (1990) constituye una especie de trilogía, en la que culmina ese periodo creador en que se hace más patente su búsqueda existencial.

Otra mujer presenta la reflexión sobre una vida anquilosada y vacía, sin obviar las cuestiones morales, y en Alice la búsqueda de un sentido para la propia existencia lleva a la protagonista a volver a la religión católica de su niñez -con un interesante elogio del sacramento de la confesión- y a viajar a Calcuta para trabajar con la Madre Teresa.

Delitos y faltas ofrece una crítica “negra” de unas personas que en realidad ansían el perdón de sus acciones criminales o de sus faltas menores, pero que acaban contentándose con la represión del sentimiento de culpa, con adormecer la conciencia. Woody Allen ofrece en esta película un extraordinario análisis psicológico de los remordimientos y de la degradación moral que supone su represión, con sugestivas alusiones a los “ojos de Dios”, simbolizadas en la profesión de oftalmólogo del protagonista (Martin Landau); igualmente significativo resulta que la única persona con principios morales en todo el microcosmos que retrata Delitos y faltas sea un rabino. Después de haber rodado estas tres películas a finales de los ochenta, Woody Allen pudo decir: “Los temas existenciales son los únicos por los que merece la pena trabajar. Cuando uno se conforma con otros, se vende demasiado barato”.

Es cierto que Allen no dio respuestas a la búsqueda existencial que se refleja en esas obras, que en ocasiones incluso se evade, con un chiste impropio de la gravedad de esas cuestiones, como sucede, por ejemplo, en Hannah y sus hermanas: después de haberse planteado su conversión al catolicismo y de haber estado a punto de suicidarse porque no se consideraba capaz de vivir sin estar seguro de la existencia de Dios, Mickey “supera” su crisis religiosa en un cine, viendo una película de los hermanos Marx (Sopa de ganso).

No obstante, tampoco otros grandes realizadores contemporáneos, como Bergman, Fellini o Kurosawa, han proporcionado respuestas inequívocas a estas preguntas. Quizá se encuentren esas cuestiones en un plano distinto de aquel en el que se mueve el arte. El artista ha de poner el dedo en la llaga; y esto, indudablemente, lo ha hecho Woody Allen, al menos en esas obras suyas de enfoque más universal, de la segunda mitad de los ochenta.

Irregular en los años noventa

El descentramiento que le supuso la separación de Mia Farrow, en 1992, se plasmó en la irregularidad de sus obras durante los años noventa, con una vuelta, en parte, al cinismo de sus primeras películas. En este sentido, Desmontando a Harry (Deconstructing Harry, 1997) y Celebrity (1998) quedarán como paradigmas de una crítica social cáustica acompañada de una pegajosa obsesión sexual. A pesar de una película interesante por su mezcla de géneros como Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mystery, 1993), de la adaptación -paródica en apariencia, pero seria en realidad- de elementos de tragedia clásica que ofrece Poderosa Afrodita (1995), y de la divertida caricatura de musical Todos dicen I Love You (Everyone Says I Love You, 1996), en el periodo “post-Mia Farrow”, Woody Allen solo alcanza el nivel de sus mejores obras en una ocasión: Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994) trata de nuevo la relación entre el arte y la vida, poniendo en la picota a los pseudointelectuales, como vuelve a hacer ahora en Granujas de medio pelo.

La acción de Balas sobre Broadway se desarrolla en el Nueva York de los años veinte y comienza planteando si es posible un arte sin compromisos. Paulatinamente va tomando un nuevo cariz cuando el matón Cheech (Chazz Palminteri), guardaespaldas de una pésima actriz, empieza a introducir cambios que mejoran el texto de una pieza teatral. El hecho de que su experiencia, sacada de la vida misma, en su más sórdida extracción, sea superior, en el plano del arte, a la visión académico-aséptica del autor David (John Cusack), manifiesta que el verdadero artista nace, no se hace, y mucho menos se dedica a darse ínfulas en conversaciones pseudoprofundas.

En su autobiografía, Groucho Marx narra un episodio idéntico al argumento de Balas sobre Broadway. Nada sorprendería que no se trate de una casualidad; entre las influencias y modelos de Woody Allen, el anárquico actor del enorme bigote parece el más recurrente. Así, Groucho Marx es lo primero que se le ocurre mencionar a Isaac Davis en Manhattan cuando se pregunta a sí mismo por las cosas que hacen la vida digna de vivirse.

Regreso a sus primeras comedias

En sus dos últimas obras, Woody Allen parece haber recobrado la veta creadora: Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown, 1999) narra la biografía (ficticia) de Emmett Ray, “el mejor guitarrista de jazz después de Django Reinhardt”. Al igual que en Broadway Danny Rose (1984) y sobre todo en Zelig (1983) -un “documental” sobre el “hombre camaleón”, con una técnica de efectos especiales infrecuente en Woody Allen-, se emplea un gran esfuerzo documental para trazar una biografía apócrifa.

Y la última obra de Allen, Granujas de medio pelo, es un regreso a sus primeras comedias: el Ray Winkler de este último film bien podría ser el Virgil Starkwell de Toma el dinero y corre (1969) con treinta años más -rasgo que proporcionaría un nuevo argumento a todos aquellos que defienden el carácter autobiográfico en el cine de Woody Allen-. A pesar de que el film decae en su segunda mitad, deja patente la madurez de tres décadas de creación fílmica, pues independientemente de los divertidos gags al estilo de sus primeras obras, también ofrece una notable crítica social, que sin embargo nunca se torna agria.

Pese a todas las diferencias de sus películas, en el cine de Woody Allen se aprecian unas constantes que ha sabido mantener a lo largo de más de treinta años. Su personal modo de hacer se manifiesta en sus típicos diálogos de doble fondo, cómicos y profundos a la vez, y en un guión -la parte, en realidad, más creativa de un film- magistral en bastantes ocasiones. Woody Allen es el autor con más candidaturas al Oscar en la categoría “guión original”: trece (superando incluso las doce de Billy Wilder). A sus 65 años, Woody Allen es el paradigma del creador cinematográfico independiente, es decir el realizador que mantiene el control sobre sus obras y para quien el contenido cuenta más que la acción, los efectos especiales o los récords de taquilla.

 


El cine de Woody Allen en Aceprensa

El CD-ROM de Aceprensa (1993-1999) incluye los servicios en que han sido reseñadas varias películas de Woody Allen:

* Maridos y mujeres (Husbands and Wives)

* Misterioso asesinato en Manhattan (Manhattan Murder Mystery)

* Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway)

* Poderosa Afrodita (Mighty Aphrodite)

* Todos dicen I Love You (Everyone Says I Love You)

* Desmontando a Harry (Deconstructing Harry)

* Celebrity

Posteriormente, Aceprensa ha publicado las críticas de las dos siguientes películas realizadas por este director:

* Acordes y desacuerdos (Sweet and Lowdown)

* Granujas de medio pelo (Small Time Crooks)