Calibrar hasta qué punto el reparto de funciones entre hombres y mujeres está basado sobre todo en la biología o en la cultura ha sido un debate clásico en el movimiento feminista. Con este fin, se ha acuñado la distinción entre sexo y género. Pero las connotaciones de esta distinción van más allá de la lingüística. Hasta el punto que el término inglés gender se ha convertido en uno de los caballos de batalla de la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín.
El pasado 26 de abril, Gertrude Mongella, Secretaria general de la IV Conferencia de la ONU sobre la Mujer, junto con la ministra de Asuntos Sociales española, Cristina Alberdi, presentaron a los medios de comunicación en Madrid esta conferencia internacional.
Elizabeth Fox-Genovese, profesora de historia de la Universidad Amory, de Georgia (EE.UU.), opina en Le Monde (París, 8-III-95) que las reivindicaciones del feminismo norteamericano oficial no son hoy representativas de las preocupaciones de la mujer americana media.
Entre 1980 y 1992 la población activa femenina ha aumentado en 33 millones en los países de la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE). Esto supone un incremento anual del 2%, el doble del que se ha producido entre los hombres.
Corine Kumar, india, que fue en 1988 una de las cofundadoras del Consejo Asiático para los Derechos de la Mujer, explica en declaraciones a Le Monde (27-IV-94) las aspiraciones de su lucha: más que una igualdad con los hombres, se trata de que la sociedad asuma los valores femeninos.