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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 96/14

El pequeño Oliver se ha mudado con su madre Maggie, que acaba de divorciarse y trabaja de auxiliar en un hospital, a su nueva casa neoyorquina. Aunque judío, acude a una escuela católica, donde el hermano Geraghty capta la atención de sus alumnos hablándoles de la santidad, y proponiéndoles un trabajo sobre el tema. No parece que el mejor modelo vaya a ser su desastrado vecino Vincent, improvisado canguro de Oliver por el horario laboral de su madre, que frecuenta la compañía de una “dama de la noche”, bebe, fuma y apuesta en las carreras de caballos. Aunque nunca se sabe.

Debut en el largometraje de Theodore Melfi, director y guionista, que imprime un aire “indie” al estilo de Pequeña miss Sunshine, con la que comparte la idea de que el amor se sobrepone a otras variables representativas de la miseria humana. Con producción de Peter Chernin –que está detrás de Exodus: Dioses y reyes–, juega con la provocadora idea evangélica de que “los publicanos y las meretrices os precederán en el reino de Dios”, mostrando a Vincent, que tiene innegables defectos pero también otros rasgos que le redimen. Y lo hace con inteligencia y simpatía, evitando moralinas fáciles o simplificaciones poco respetuosas, sugiriendo la santidad en lo cotidiano y tocando muchos temas actuales, como la atención a los enfermos de alzheimer o las familias desestructuradas por las rupturas matrimoniales.

El protagonista le viene al pelo a un estupendo Bill Murray, que está muy bien secundado por Melissa McCarthy, actriz en alza; Naomi Watts, creíble como prostituta de origen ruso, y el niño debutante Jaeden Lieberher.

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