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Hay películas llamadas a ser grandes y que se quedan en simplemente interesantes por una mala decisión. Shame es una de ellas. Steve McQueen ha rodado una provocadora cinta que pone el dedo en la llaga de una adicción de la que casi nadie habla, que nadie persigue (nada que ver con los fumadores, por ejemplo), que muchos fomentan y que, sin embargo, puede arruinar no solo a una persona sino a una sociedad. Y la ha rodado con indudables aciertos (la música de Bach, la puesta en escena, la fotografía, la paleta de colores, las interpretaciones de Michael Fassbender y Carey Mulligan) y con un fallo que lastra la película: la falta de contención y la repetición de sexo explícito (15 minutos de auténtica pornografía) en el ...

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