Mal día para pescar

Mal día para pescar

TÍTULO ORIGINAL Mal día para pescar

PRODUCCIÓN Uruguay - 2009

DURACIÓN 100 min.

PÚBLICOJóvenes-adultos

CLASIFICACIÓNLenguaje soez, Violencia, Sensualidad

ESTRENO31/07/2009

Nacido en Montevideo en 1976 y residente en Madrid desde hace años, el guionista y director Álvaro Brechner ya se había ganado un cierto prestigio como autor de varios documentales televisivos y de los premiados cortos Trece kilómetros bajo la lluvia, Sofía y Segundo aniversario. Muchas de las cualidades que mostró en esos trabajos las despliega ahora en su primer largometraje de ficción, Mal día para pescar, coproducción hispano-uruguaya galardonada en diversos festivales, y que ha sido seleccionada por Uruguay para optar al Oscar al mejor filme en lengua no inglesa.

Se trata de la adaptación del cuento Jacob y el otro, de Juan Carlos Onetti, que describe la singular amistad entre dos perdedores, con ciertos aires de don Quijote y Sancho Panza. El supuesto caballero es el Príncipe Orsini, un español embaucador, charlatán y atildado, que lleva la representación de su escudero Jacob von Oppen, un rudo, infantil y alcohólico campeón mundial de lucha libre, nacido y entrenado en Alemania Oriental. Durante una gira de combates de exhibición, caen en Santa María, un perdido pueblo uruguayo, donde el desafío del campeón -en teoría, por una bolsa de mil dólares- es aceptado por el descomunal novio de Adriana, una mujer aguerrida, que necesita ese dinero para casarse.

Lo más atractivo de esta fábula moral es su abigarrado y ecléctico planteamiento, tanto formal como de fondo. Sin renunciar a sus raíces españolas y uruguayas -presentes durante toda la narración-, Brechner articula un sabroso cóctel de influencias diversas, con el western y el cine negro como pilares, pero con chispeantes incursiones a las buddy movies, el melodrama extremado o la comedia estólida, a lo Aki Kaurismäki. Todo ello, desarrollado con una planificación que consigue ser sustancial, y envuelto en una poderosa factura audiovisual, gracias sobre todo a los excelentes trabajos del director de fotografía Álvaro Gutiérrez y del músico Mikel Salas, que ya habían coincidido en Bajo las estrellas.

Ciertamente, el ritmo del filme es algo irregular, quizá por el saludable afán de Brechner de mantener un tempo elegante y contemplativo, que permita al espectador apreciar los numerosos detalles narrativos y dramáticos que componen la historia.

De todas formas, lo más cautivador del filme es su tratamiento de fondo, encarnado con gran convicción por todo el reparto, y especialmente por el deportista profesional finlandés Jouko Ahola -cuya caracterización de Van Oppen es, lógicamente, física y silenciosa- y del actor español de origen escocés Gary Piquer, quizá en la más completa interpretación de su carrera, justamente recompensada en el Festival de Viña del Mar 2009 con el Astor de Plata al mejor actor.

Ambos actores se van ganando al espectador durante su emotiva y soñadora amistad entre supervivientes con crisis de identidad, hasta cautivarlo definitivamente en la recta final, en la que Brechner sortea hábilmente ese artificioso fatalismo dominante, para subrayar que la redención siempre es posible, y que no se logra con ilusos escapismos materialistas, sino a través de la aceptación sincera de la verdad sobre uno mismo —aunque sea dolorosa—, la rectificación de lo mal andado y la apertura decidida hacia los demás. En otras palabras, que cualquier redención auténtica exige tres grandes virtudes cristianas: humildad, contrición y caridad. Quizá por eso Brechner ambienta el momento de mayor intimidad del forzudo Jacob en el interior de una iglesia durante la celebración de un bautizo.

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