La originalidad vino del cine no europeo

52 Festival de Cine de San Sebastián

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En el Festival de San Sebastián, como en los otros tres grandes del panorama europeo (Berlín, Cannes y Venecia), se puede tomar el pulso a las tendencias temáticas, narrativas y estéticas que caracterizan el cine que podríamos llamar de autor, más personal y creativo. En la reciente edición, la luz vino de las producciones no europeas, mientras que el cine del Viejo Continente acusa su carga de nihilismo.

En estos Festivales, cabe distinguir entre las películas que van a concurso en la sección oficial y las que se integran en una selección paralela (en San Sebastián se llama Zabaltegi) que contiene largometrajes pendientes de estreno, algunos ya vistos en otros festivales.

Este año, si echamos una mirada general sobre la propuestas del certamen donostiarra, podemos agrupar las películas en tres grupos. Por un lado, están los títulos que afrontan cuestiones existenciales más bien existencialistas. En segundo lugar, los que abordan temas sociales de actualidad. Por último, las películas que buscan una dimensión más estética.

Respecto a la edición pasada, se ha acentuado la presencia abrumadora de un nihilismo cada vez más violento, que se hizo casi insoportable en los tres primeros días del Festival. En ese sentido, un comentario muy extendido señala que las películas con esos ingredientes tienen más posibilidades de alzarse con los premios, porque las historias que acaban “bien” parecen menos valiosas. La responsabilidad de la opción por la truculencia hay que buscarla en la labor de selección de los organizadores y en la mercancía fílmica disponible.

De cualquier manera, no son muy aventuradas dos conclusiones sobre este particular. La primera es el inquietante hartazgo del público (la concurrencia, en su mayoría gente joven, que asistía a una proyección estalló en aplausos cuando el presentador de una película señaló con humor que después de cuatro días de suicidios y tristezas, se iba a poder ver “algo parecido a una comedia”). En segundo lugar, parece claro que la frescura vino de la mano de producciones no europeas, mientras el cine del Viejo Continente muestra señales de atrofia.

A vueltas con la nada

El primer grupo de filmes, que podemos llamar “existencialista”, destila un nihilismo rabioso, colérico, que coloca a los personajes en situaciones extremas y desesperadas, sin salida. La más destacada -recibió los premios a los mejores actriz (Connie Nielsen) y actor (Ulrich Thomsen)- es la cinta danesa “Brødre” (“Hermanos”), dirigida por Susanne Bier, que ahonda en la soledad de un hombre casado, militar, que tras vivir experiencias moralmente traumáticas en la guerra de Afganistán, se ve destruido por su conciencia de culpa. Su ruina interior alcanza a su mujer y a sus hijas. Aunque el final deja abierta la puerta al arrepentimiento y a la esperanza, se trata de una película sórdida y brutal.

Cuesta entender la selección de la película “Nine Songs”, del británico Winterbottom, una película pornográfica que usa como tapadera unos conciertos de rock. El jurado no opinó lo mismo y le concedió el premio a la mejor fotografía.

“Roma”, la última película del argentino Aristarain (“Un lugar en el mundo”), trata de leer el proceso histórico de la segunda mitad del siglo XX en clave de liberación de la esclavitud de la cosmovisión religiosa. Para ello propone un nuevo modelo humano, solidario, ateo, sexualmente descomprometido, librepensante… que sustituye a la antropología cristiana tradicional. La maniobra publicitaria del cartel anunciador del filme es sencillamente ridícula.

Heridas de la guerra

“Cuento de una noche de invierno”, premio especial del jurado, es una película serbio-montenegrina que retrata con sensibilidad y maestría narrativa las heridas de la guerra de los Balcanes. La cinta sería un canto delicado a la reconciliación, a la acogida, al perdón, a la posibilidad de reconstruir la vida… si no fuera por un cierre atroz, una suerte de peaje al nihilismo y a la claudicación. En cierto modo esta película de Goran Paskaljevik hace trampa, ya que predispone al espectador para un desenlace que le va a ser escamoteado. Con todo es una película importante, coprotagonizada por una chica autista, que encarna una bella metáfora de la soledad y la incomunicación de nuestro enfermo occidente frente a la inocencia inmaculada. Esta paradoja le ha valido el premio especial del Jurado y el Signis que concede la Asociación Católica Mundial para la Comunicación.

Dos títulos sudamericanos se desmarcaron del tremendismo: la uruguaya “Whisky” es una película mínima, con atmósferas de Kaurismäki, en la que dos personajes, muy solos y encerrados en sí mismos, redescubren la vida a través de una historia tan surrealista como reconfortante. “Bombón, el perro”, del argentino Carlos Sorin (“Historias mínimas”) es un cuento tierno sobre un hombre mayor que ha quedado en paro. La casual adquisición de un perro linajudo le hará acariciar la gloria del éxito. El centro de gravedad de la belleza de este film recaen en la humanidad del protagonista, lleno de sencillez y limpieza de corazón.

El dedo en la llaga

Nunca faltan películas sociales que practican el cine denuncia. “Horas de luz”, del español Manolo Matji, trata de los sucesos reales que rodean la vida de Juan José Garfia, un delincuente que mató a tres policías en 1987. Matji se esfuerza por contarnos una historia carcelaria que podría haber tenido muchos puntos comunes con “Pena de muerte”, de Tim Robbins. Pero si aquella atinaba con la columna vertebral del drama, esta pone el énfasis en lo anecdótico, y pasa de puntillas por lo esencial, es decir, por la transformación interior del asesino protagonista. Aunque al final de la película la historia remonta un poco, no es del todo creíble lo que vemos porque no se nos ha explicado correctamente.

Por su parte, al francés François Dupeyron (“El pabellón de los oficiales”), no le va mejor con su “Inguélézi” (“Clandestino”), una película sobre la inmigración ilegal, que aunque bien intencionada, no aporta nada nuevo, ni conmueve demasiado. Además de la dificultad de entender bien las motivaciones de la protagonista, el abuso de la cámara en mano acaba por hacer tediosa la película. También sobre la inmigración, pero desde la perspectiva del inmigrante, es la marroquí “Tarfaya”: otra película llena de buenas intenciones, bien interpretada, sobre una mujer marroquí que quiere llegar a España en patera. Aunque la película nos muestra las peripecias que debe atravesar, se empantana en tramas confusas y algo aburridas que perjudican tanto la fluidez como la capacidad de sugerencia del film.

Otro francés de origen armenio y asiduo del Festival, Robert Guédiguian, dejó bastante fría a la concurrencia con su parabólica “Mi padre es ingeniero”, a ratos interesante y a ratos soporífera en su pedaleo emocional sobre la inmigración, la maternidad, la fidelidad y un largo montón de asuntos.

El talento de John Sayles

“Silver City”, del gran John Sayles, combina el oportunismo de la moda anti-Bush con su reconocido talento como guionista y realizador. De esta forma, su mordacidad política no cae en el efectismo de Michael Moore, sino que se mueve en el terreno de la elegancia y de la ironía más civilizada. Es sorprendente que el jurado haya ignorado el gran cine de Sayles, con un reparto sensacional.

“El cielito” es una pequeña película argentina que repite el esquema de “Cuento de una noche de invierno”: una película hermosa y tremendamente humana, que concluye con una bofetada de pesimismo sin salida. En este caso el protagonista, Félix, es un joven que va a parar a la casa de unos vendedores de melocotones, un matrimonio mal avenido con un bebé de nueve meses. Félix, a medida que comprende la terrible realidad de ese matrimonio, va asumiendo mayores responsabilidades sobre la vida del bebé: hasta que las asume todas. Pero su suerte no va a estar a la altura de su generosidad.

Mención aparte merecen dos películas que reflejan con dramatismo, pero de modo positivo, los problemas de África y de otras zonas del Tercer Mundo. “La noche de la verdad” (“La nuit de la vérité”), de la cineasta de Burkina Faso Régina Nacro, fue justamente galardonada con el Premio Mont Blanc al mejor guionista novel, por la fuerza dramática y la riqueza antropológica con que recrea la tensa conferencia de paz que reúne a los dos bandos enemigos de un imaginario país africano, que llevan años destrozándose mutuamente con una crueldad inusitada. “En el mundo, a cada rato”, una obra colectiva de directores españoles patrocinada por UNICEF, incluye cortometrajes documentales y de ficción que repasan diversas lacras sociales y médicas del Tercer Mundo, del sida a la falta de escuelas, pasando por el trabajo de menores, el paludismo o la delincuencia juvenil.

Terrorismo, drogas, marginación

El debut cinematográfico del británico Pete Travis, “Omagh”, ha obtenido el premio al mejor guión (ver crítica). Fuera de concurso, pudo verse “Vera Drake”, de Mike Leigh (“Secretos y mentiras”). La película, triunfadora en el pasado Festival de Venecia, tiene mucho en común con el sentimentalismo manipulador de “Mar adentro”, de Amenábar, y propone como lícita y admirable una conducta delictiva e inmoral, con una historia tan conmovedora como perfectamente narrada. Se construyen unos personajes protagonistas de los que es imposible no enamorarse y se emplea la densidad emotiva del filme para condicionar el discurso racional del espectador. Si “Mar adentro” remueve la cuestión de la eutanasia y de la soberanía absoluta de la propia voluntad y conciencia, “Vera Drake” propone la despenalización del aborto.

No faltó el cine “proletario” británico, con “A Way of Life”, de Amma Asante, mixtura de nihilismo existencial y de hiperrealismo social ensangrentado. Es tan desesperada como desesperante. Y le va a la zaga “Uno”, una película noruega en la que tampoco hay redención posible para los personajes y donde no faltan dosis de brutal violencia.

La colombiana “Sumas y restas”, de Víctor Gaviria (“La vendedora de rosas”) es un tedioso y estridente despropósito sobre el mundo de los traficantes de droga. Pero cierto es que la positividad llegó de la mano de otros cuatro títulos latinoamericanos. Obviamente no es casual. “Próxima salida”, del argentino Nicolás Tuozzo, “La sombra del caminante”, del colombiano Ciro Guerra, “Cama adentro”, del argentino Jorge Gaggero, y a un nivel muy superior, “María, llena eres de gracia”, del colombiano Joshua Marston. En todas se aborda un problema social sangrante (el paro, la guerrilla, el “corralito” o el narcotráfico) y se propone su lado más humano para atisbar una salida.

La vena artística

Tres películas asiáticas han vuelto a demostrar la primacía del cine oriental en el capítulo estético. De la ganadora de la Concha de Oro, “Las tortugas pueden volar”, ofrecemos una crítica más abajo. La última película de Zhang Yimou, “La casa de los puñales voladores”, es un fascinante espectáculo que arranca aplausos de admiración en muchos momentos, con una historia similar a la de “Hero”, aunque el guión es menos redondo y recurre a varios episodios de una sensualidad bastante ridícula.

Otra película china, “Carta de una desconocida”, se alzó con la Concha de Plata al mejor director que fue a parar a Xu Jinglei, también actriz protagonista. El filme es una nueva adaptación de la novela de Stefan Zweig, ya llevada al cine por el gran Max Ophuls. Una película digna, pero anodina y falta de fuerza, por lo que sorprende el premio a la mejor dirección.

Fuera de concurso, un previsible Woody Allen abrió el Festival con “Melinda y Melinda”, correcta pero más de lo mismo (ver servicio 120/04). “The Door in the Floor”, clausuró la muestra, por aquello de estar protagonizada por Jeff Bridges, uno de los dos premios Donostia de esta edición. Se trata de una adaptación de la novela de John Irving “A Widow for One Year”, desquiciada historia de perversión sexual.

La actriz norteamericana Anette Bening, que recibió el otro premio Donostia a toda su carrera, da un recital interpretativo en “Being Julia”, vibrante película del húngaro István Szabó que adapta una novela del cáustico Somerset Maugham sobre el mundo del teatro en Londres poco antes de que estalle la Segunda Guerra Mundial. Es inevitable la comparación con “Eva al desnudo”, de Mankiewicz: la cinta tiene una realización impecable y una puesta en escena muy atractiva, pero los momentos brillantes se contrapuntean con una insistente atención a la vida sexual de la protagonista, observada con un cinismo snob que descompensa el equilibrio entre el drama y la comedia.

Juan OrellanaJerónimo José MartinAlberto Fijo

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