Mabel –una joven brillante, hiperactiva y apasionada por la naturaleza– aprovecha un experimento tecnológico para “trasladar” su conciencia a la de un castor robótico extremadamente realista. Su objetivo: proteger el parque natural que tantas veces visitó con su abuela. Pero lo que empieza como una aventura emocionante pronto revela consecuencias imprevisibles.
¿Se puede hacer una película ecologista sin caer en el tópico maniqueo de animales buenos y humanos malvados? Pixar demuestra que sí. Después de algunos títulos irregulares, la compañía del flexo recupera aquí buena parte de su mejor versión: una historia que entretiene con ritmo endiablado y a la vez plantea preguntas incómodas sobre la responsabilidad con el planeta, la identidad y los límites tecnológicos.
Aunque el arranque resulta algo convencional, el primer gran giro narrativo marca la diferencia. A partir de ahí, Hoppers despliega una comedia ágil, llena de gags muy bien construidos –especialmente en los modos de ser y hacer humanos y animales–, pero sin renunciar a una dimensión emocional que da profundidad al conjunto.
La clave está, además de en el guion, en sus personajes. Mabel no es solo una activista entusiasta. Como ya sucedía con el protagonista de Elio, es una joven marcada por la ausencia afectiva de unos padres poco presentes y por la nostalgia de la abuela que la formó en el amor por la naturaleza. Su viaje no consiste únicamente en salvar un parque, sino en madurar, asumir responsabilidades y comprender que proteger el entorno implica también reconciliarse con el propio mundo humano. A su lado, el carismático Rey Jorge y un eficaz plantel de secundarios completan un arco de transformación coherente y creíble.
Visualmente, la película mantiene el altísimo nivel técnico habitual de Pixar. Sin abandonar el tono caricaturesco –próximo al de Red–, el diseño de personajes y escenarios combina expresividad y dinamismo con notable eficacia. Tampoco faltan guiños internos al universo del estudio, como los espacios universitarios que evoca Monsters University, la tortuga Crush de Buscando a Nemo, o la inevitable conexión con Bichos cuando la mirada se posa en el mundo animal. O hasta una simpática referencia a Avatar.
Pero lo más interesante es su enfoque ecológico. Lejos de panfletos y banderines, Hoppers no plantea una guerra entre especies, sino una invitación a la corresponsabilidad. En este sentido, conecta perfectamente con el planteamiento de Wall·E: el problema no es la humanidad en sí misma, sino su desconexión emocional respecto a aquello que la rodea.
En este sentido, la dedicatoria final –“a todos los animales del planeta… y a quienes los aman”– resume bien su espíritu. Hoppers no acusa: interpela. Y lo hace con humor –a través de las simpáticas e imprescindibles “reglas del estanque”–, ternura y una madurez narrativa que devuelve a Pixar al lugar donde mejor sabe estar: el de las historias que divierten a los niños, mientras invitan a los adultos a tomarse un poco más en serio. ¡Ojalá esta sea la nueva dirección de la compañía!