En Eternia, un planeta fantástico situado en algún lugar del universo, Adam es un chaval enclenque, príncipe heredero del trono, que está a punto de ser sorprendido por una invasión del temible Skeletor.
Tras el éxito de Barbie la compañía de juguetes Mattel quiere seguir explorando el potencial cinematográfico de sus muñecos y convertirse en una nueva Marvel. En esta ocasión, juega –nunca mejor dicho– con el tirón nostálgico de los años 80, aunque intenta agradar también a quienes no crecieron con aquellos héroes musculosos y, en algunos casos, monstruosamente feos.
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Para ello, han fichado a Travis Knight, que ya demostró su valía en la fantástica Kubo y las dos cuerdas mágicas y en Bumblebee, la mejor película –la más humana– de la franquicia Transformers, curiosamente de la competencia juguetera. Knight y su equipo de guionistas ofrecen una película entretenida, plenamente conscientes de que están contando una historia muy disparatada. A eso juegan: a mezclar fantasía, acción, algo de amor y bastante humor, aunque muy tonto, riéndose a menudo de sí mismos. Con todo, el metraje resulta algo excesivo para una propuesta tan ligera.
Eso sí: en medio del disparate, queda una idea sencilla y positiva: la fuerza del héroe no está tanto en el músculo como en aceptar una responsabilidad que le supera. También destaca la banda sonora rockera, que incluye alguna canción de Queen y un solo de guitarra de Brian May, integrante del grupo británico, asociado a la aparición de la espada.
Ahora bien, ¿alguien estaba pidiendo una nueva adaptación en imagen real, bastante calcada de la serie animada de los ochenta? Sinceramente, no lo creo. Más teniendo en cuenta que la estupenda –y superior– Dungeons & Dragons, adaptación de un juego también nacido en los 80, fue un sonoro fracaso.