Este drama deportivo se basa en la historia del británico Eddie el Águila, que participó en los Juegos Olímpicos de Invierno en Calgary (1988) como saltador de esquí. Y logra trascender los convencionalismos del subgénero, usándolos cuando le conviene a su favor, sin ser cargante. Y es que el espectador tiene claro que, en sintonía con el espíritu olímpico y la máxima de Pierre de Coubertin –lo importante no es ganar, sino participar–, lo que le importa a Eddie Edwards es competir en los Juegos Olímpicos. Lo que no tiene nada fácil, por problemas físicos desde la infancia y la extracción humilde de su familia. Pero Eddie tiene a su favor un optimismo a prueba de bombas, que alguno describiría como ingenuidad, y una fuerza de voluntad que no se rinde ante nada.

Dexter Fletcher parece haber encontrado su camino como director, tras Amanece en Edimburgo, en títulos que logran que el espectador salga del cine animado y reconfortado. Su film, producido por Matthew Vaughn, tiene por momentos tono de epopeya, pero sin sonar exagerado: no estamos ante un personaje que pretenda ser “el rey del mundo”.

La cinta combina bien los aspectos dramáticos con los humorísticos, incluidos los tiernos y emotivos –esa madre que siempre cree en su hijo– y por supuesto los deportivos: cada vez que el protagonista (eficaz y creíble Taron Egerton) salta desde el trampolín a distintas alturas, se nos encoge el corazón. La relación de Eddie con su entrenador Bronson –bien Hugh Jackman, tremendamente natural, complementario de su pupilo, que puede ayudarle a redimirse– funciona, y hay momentos mágicos, que algún torpe director habría convertido en ridículos, y que aquí se acercan a lo memorable. 

 

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