Por qué hacía falta una universidad anti-woke en EE.UU.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Duración lectura: 3m. 34s.
pexels-photo-1205651

Varias figuras norteamericanas, que comparten el hecho de haberse significado en la lucha contra la llamada cultura de la cancelación de inspiración woke, se han unido para crear la Universidad de Austin (Texas).

Entre quienes la respaldan se encuentran conocidos intelectuales como el psicólogo Steven Pinker, el psicólogo social Jonathan Haidt, el historiador Niall Ferguson o el economista Arthur Brooks.

Otros participantes en el proyecto han sufrido en sus carnes la censura en los campus o en sus lugares de trabajo: es el caso de la periodista Bari Weiss, que tuvo que abandonar su puesto como directora de opinión de The New York Times por no plegarse a los postulados iliberales del pensamiento woke, los profesores “cancelados” Dorian Abott y Peter Boghossian, o la filósofa feminista Kathleen Stock, ya exprofesora de la Universidad de Sussex después de renunciar a su puesto ante la oleada de protestas contra ella por parte del colectivo trans.

Ferguson, uno de los nombres más famosos de la lista, explicaba esta semana en Bloomsberg sus motivos para sumarse a este proyecto. En su opinión, la universidad norteamericana actual se encuentra en un estado miserable por varios motivos: notas infladas, costes elevadísimos, discriminación racial en el proceso de admisión, producción “científica” de dudoso valor, entre otros. No obstante, el principal cáncer del sistema es, a su juicio, la oleada de iliberalismo que ha traído el movimiento woke, y que se manifiesta en la numerosa nómina de conferenciantes cancelados, el clima de autocensura entre los profesores y alumnos disidentes (sobre todo, los de ideas conservadoras), las denuncias constantes por posturas “inadecuadas”, o la eliminación de materiales o cursos considerados ofensivos.

Unas actitudes que han proliferado principalmente en la izquierda cultural, aunque ­–comenta Ferguson– también están produciendo metástasis en la derecha, como demuestra el afán de algunos republicanos por prohibir que se discuta la llamada teoría crítica de la raza.

Todo ello ha creado un ambiente macartista precisamente en las instituciones que deberían funcionar como bastiones del pensamiento libre y la reflexión desapasionada. El supuesto ideal de la “búsqueda de la verdad”, que repiten muchas de las principales universidades del país en sus lemas, ha quedado en una fórmula vacía.

Ferguson, que ha sido profesor de varias de ellas, considera que el mal está tan extendido y enraizado que no se puede esperar una cura. Hace falta crear una nueva institución. El conocido historiador da algunas pistas de cuál será el ethos de la Universidad de Austin.

Destaca, por supuesto, la defensa de la libertad de expresión y del derecho a cuestionar los dogmas de lo políticamente correcto. De hecho, la universidad va a dar el pistoletazo de salida con unos “cursos prohibidos”, que tocaran algunos de estos temas polémicos. Para favorecer este clima de debate, toda la educación será presencial, y en grupos no muy abultados.

Además, el espíritu humanista con que nace la universidad se plasmará en lo que esperan que sea su proyecto estrella: un grado en humanidades cuyos dos primeros cursos ofrezcan al estudiante una inmersión multidisciplinar en filosofía, arte, literatura, ciencias, matemáticas, economía y política. Solo después de esos dos años, el universitario se orientará hacia uno de cuatro campos: empresa y liderazgo, política e historia aplicada, educación y servicio público o tecnología, ingeniería y matemáticas.

Por otro lado, los impulsores de la Universidad de Austin pretenden hacer compatible un ideal meritocrático (el proceso de admisión no incluirá cuotas raciales, sino que se basará en el expediente académico) con una apuesta por la accesibilidad. Como explica Pano Kanelos –primer presidente de la institución–, para conseguir esto último piensan establecer precios significativamente más bajos que los de las facultades de la Ivy League, gracias a recortar gastos en toda la “parafernalia consumista” que muchas instituciones hoy en día ofertan para atraer estudiantes (todo tipo de gimnasios, restaurantes, locales de ocio, etc), y también reduciendo drásticamente la sobreabundancia de personal administrativo, que considera una auténtica lacra de la universidad norteamericana.

Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on email
Share on print
Share on twitter
Share on facebook
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email

Funcionalidad exclusiva para socios de Aceprensa

Estás intentando acceder a una funcionalidad premium.

Si ya eres socio conéctate a tu cuenta para poder comentar. Si aún no eres socio, disfruta de esta y otras ventajas suscribiéndote a Aceprensa.