Después de la penosa Los amantes pasajeros, Pedro Almodóvar recupera un poco el tono con un drama en el que vuelve a sus grandes temas, o mejor dicho, al tema, porque Julieta no es sino una historia sobre la maternidad en clave almodovariana, por tanto una maternidad sufriente, apasionada y excesiva. La madre es Emma Suárez y Adriana Ugarte (la historia está contada en dos tiempos) y es una madre alejada irremediablemente de su hija.

Aunque, como hemos señalado, se perciben en Julieta trazas del cine más característico del director manchego, estamos probablemente ante su película más moderada y sobria, tanto en el número de tramas paralelas y secundarias, como en el desarrollo de los personajes e incluso en la propia temática de la película.

Comparada con la excesiva La piel que habito ―en realidad, considerando su entera filmografía―, Julieta podría ser casi una película de Garci. Además del tema de la maternidad, hay algunas tramas culebronescas, de esas que tanto le gustan a Almodóvar; hay lugares comunes del universo del realizador manchego; hay algún brochazo de sexo descarnado… pero hay también una sorprendente calma en una parte importante del metraje, un ritmo pausado, e incluso un conformismo, muestras de que irremediablemente todos nos hacemos mayores, también Almodóvar. No es un apunte peyorativo, todo lo contrario: entre Los amantes pasajeros y Julieta hay una distancia infinita, a favor de la segunda.

Funciona eficazmente, a manera de epílogo, el tema interpretado por Chavela Vargas, la dirección de actores es buena y la música de Iglesias, acertada. Lo que cuenta la película tiene escasa fuerza porque la intriga sobre la que se sostiene la historia queda en suspenso y se resuelve de una manera poco verosímil (aunque, también hay que decirlo, emotiva y eficaz).

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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