¿Puede un menor dar el consentimiento legal a su “reasignación de sexo”?

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Duración lectura: 7m. 44s.
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La clínica londinense donde se practican procesos de cambio de sexo en menores

 

La Corte de Apelaciones del Reino Unido ha invalidado una declaración de la High Court de Inglaterra y Gales, de diciembre de 2020, la cual establecía que una persona menor de 16 años no podía, habida cuenta de su inmadurez psicológica, dar su consentimiento informado a un tratamiento con fármacos bloqueadores de la pubertad, paso inicial de las terapias de “reasignación de sexo”.

La High Court había examinado el caso planteado por Keira Bell, hoy de 24 años, contra la clínica de identidad de género de Tavistock, en Londres. Bell exigió responsabilidades a la institución médica, perteneciente al NHS (el sistema público de salud), por haberle suministrado dichos bloqueadores a los 16 años, momento en que inició su tratamiento químico para “transitar” al sexo masculino, pero una edad en la que ella carecía de la madurez necesaria para tomar una decisión de ese calado. A día de hoy, Bell tiene vellosidad facial y voz grave, y lamenta su decisión de adolescente.

La conclusión de los jueces de la High Court, en diciembre, refería que un menor de 16 años difícilmente comprendería las consecuencias a largo plazo de los bloqueadores de la pubertad. Los magistrados señalaron la necesidad de reparar en la incertidumbre que rodea a esos tratamientos, que tienen “indicios muy limitados respecto a su eficacia o a aquello que persiguen. Es lo que, en nuestra opinión, puede describirse con toda propiedad como un tratamiento experimental”.

Asimismo, subrayaron la falta de claridad en cuanto a los propósitos del uso de bloqueadores, “particularmente si estos ofrecen una ‘pausa de reflexión’ en un estado ‘hormonalmente neutro’, o si se trata de una terapia para limitar los efectos de la pubertad y, después, dar paso a una mayor intervención química y quirúrgica”.

Los jueces añadieron que los médicos de pacientes entre los 16 y los 18 años que presentaran síntomas de disforia de género debían consultar con un tribunal antes de comenzar cualquier tratamiento físico.

Ante esa situación, Tavistock suspendió la prescripción de bloqueadores hormonales y de hormonas de sexo opuesto –testosterona para las chicas, estrógeno para los chicos– a menores de 16 años. Pero también recurrió la decisión, y he aquí que la Corte de Apelaciones le ha dado la razón.

Según señala ahora la instancia judicial superior, no le correspondía a la High Court establecer una orientación sobre procedimientos que competerían únicamente a los médicos. El propio hecho de que Tavistock tuviera que pedir autorización a un tribunal antes de iniciar la terapia con un paciente de 16 años “tendría, en la práctica, el efecto de negar el tratamiento en muchas circunstancias por falta de recursos para presentar dicha solicitud, junto con el inevitable retraso al involucrar a los tribunales”.

Los jueces de la apelación reconocen que es difícil determinar si antes de los 18 años hay madurez como para consentir un tratamiento con bloqueadores de la pubertad

Los jueces que se pronuncian sobre la apelación de la clínica de Tavistock reconocen que es difícil determinar si antes de los 18 años se es lo suficientemente competente para consentir un tratamiento con bloqueadores de la pubertad, pero que eso queda al juicio de los médicos, quienes conocen la importancia de obtener adecuadamente dicho consentimiento, según las circunstancias particulares del paciente.

Hoy satisfechos, ¿y mañana?

Federico Montalvo, presidente del Comité de Bioética de España, conoce el caso Bell. Según comenta a Aceprensa, el abrupto incremento de casos de disforia de género en menores está llamando la atención de los expertos, que se ven ante el problema de cómo abordar terapéuticamente el caso de personas que, por su edad, no poseen plena capacidad de obrar, y que se plantean un proceso complejo: el de reasignación de sexo, el cual consta de tres fases: la aplicación de bloqueadores de la pubertad, la administración de hormonas del sexo opuesto, y la intervención quirúrgica.

Según explica, en el régimen jurídico español las personas mayores de 16 años tienen la capacidad de obrar en el ámbito de la salud. Sin embargo, cuando un tratamiento supone un grave riesgo para su salud, deben esperar a los 18 años para autorizarlo o rechazarlo.

“Pero podemos decir que para un tratamiento sin riesgo grave, una persona de 16 años o algo por debajo, con la ley actual, tiene capacidad para rechazar o autorizar el tratamiento. La primera fase, como no conlleva riesgo, podría considerarse que un menor de 13, 14, 15 años, con suficiente madurez y conocimiento de la situación, podría autorizarla. Respecto a los tratamientos farmacológicos de la segunda fase, y a los quirúrgicos, como estamos ante una persona con capacidad de obrar legalmente limitada, si se permite que el menor autorice algo de consecuencias irreversibles, hay un problema”.

Montalvo subraya que hay literatura científica acerca del riesgo de reversión de los deseos: “Un estudio en los Países Bajos muestra que tres cuartas partes de los niños trans desisten de su deseo una vez llegados a la mayoría de edad. Dicen que el estudio tiene sesgos, pero no hay otros que nos indiquen que el porcentaje del de Ámsterdam es incorrecto. Luego si a un niño le has hecho la segunda fase e incluso lo has operado, y a los 21 años te dice que no es lo que quería –que es lo que ha sucedido en el Reino Unido–, te encuentras con que le has creado un problema gravísimo”.

Según explica, es importante hacer diagnósticos correctos, pues en ocasiones el menor puede estar desarrollando una patología, y la convierte en un problema de identidad de género. Otro problema puede ser la presión para actuar rápido, con vistas a evitar hipotéticamente que el malestar empuje al menor a atentar contra sí mismo. Las estadísticas muestran, sin embargo, que el porcentaje de suicidios entre personas que han hecho la transición completa es mayor que el promedio de la población general.

La transición, paradójicamente, “puede acabar convirtiéndose en una contradicción en sí misma: que para evitar el suicidio, se acabe provocando una ideación suicida. Ese es el gran problema. Así lo indican, por ejemplo, los datos de Suecia. A los padres no les gustan estos temas, pero son datos; están en estudios. Ahí ocurre algo”.

En su opinión, en el tratamiento de la disforia en menores están pesando además otras presiones: “Detrás está también el debate ideológico, la reivindicación de derechos de las minorías, el derecho a ser distinto. Cuando entra la política, nos olvidamos de que a veces son temas mucho más complejos. No es que haya una visión religiosa contraria al movimiento trans detrás que impida algo, ni que se quiera perjudicar a la gente… Es que hablamos de niños.  Si tuviéramos la garantía de que el deseo [de cambio de sexo] se mantiene… Yo he estado con padres y sé lo que se sufre. Pero quieren resolver las dificultades de sus hijos muy rápido, y ese también es el inconveniente”.

La batalla sigue

La clínica de identidad de género londinense ha celebrado el pronunciamiento de la Corte de Apelaciones británica. Un portavoz ha dicho que el veredicto deja asentados algunos principios sobre la capacidad de los médicos para implicarse “activamente” con sus pacientes en la toma de decisiones sobre la asistencia que reciben y su futuro.

Toma nota, además, de que para el tribunal “son los médicos, no los jueces, quienes deciden sobre la capacidad de los menores de 16 años para consentir a un tratamiento médico”.

“Es algo tremendamente preocupante que cualquier médico pueda creer que niños de 10 años consientan la pérdida de su fertilidad”

Pero para Keira Bell el camino no acaba en la sala de apelaciones. La joven pone ahora su esperanza en el Tribunal Supremo, que es el único al que puede recurrir.

La joven no lamenta haber llegado hasta aquí con un caso que “arroja luz sobre los rincones oscuros de un escándalo médico que está causando daño a menores de edad, como me dañó a mí. Por supuesto, estoy decepcionada con el veredicto, especialmente porque no toma en cuenta el significativo riesgo de daño a los menores que quedan expuestos al suministrarles esos potentes fármacos experimentales”.

Bell ve más bien el inicio de algo más grande: “Ha comenzado una conversación global que se ha configurado por este caso. Queda mucho por hacer, pues es una fantasía y algo tremendamente preocupante que cualquier médico pueda creer que niños de 10 años consientan la pérdida de su fertilidad”.

 

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