Comunicador, teólogo y profesor de Filosofía en universidades pontificias de Roma, Luigi Maria Epicoco (1980) ejemplifica con talento el diálogo entre fe cristiana y cultura contemporánea que, desde otras latitudes, practican Adrien Candiard, José Pedro Manglano o José Ramón Ayllón.
En esta ocasión, el autor escoge un arranque inusual para un ensayo de espiritualidad: La carretera (2006), novela en que Cormac McCarthy sigue a un padre y a su hijo por unos Estados Unidos reducidos a ceniza. De esa caminata entre cadáveres y caníbales extrae el autor su “hoja de ruta” para quienes hoy, sin necesidad de un cataclismo, sienten que el mundo se ha vaciado de sentido.
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El diagnóstico epocal es conocido y Epicoco no se detiene en demostrarlo, sabedor quizá de la inmensa literatura que ha analizado nuestra situación existencial desde hace más de siete décadas (piénsese en V. Frankl, Z. Bauman, G. Lipovetsky o Byun-Chul Han, por citar algunos ejemplos). Vivimos, dice el autor, en una sociedad organizada para fabricar necesidades de consumo y en la que el entretenimiento nos ahorra la pregunta por el sentido. McCarthy retira de golpe ese decorado y nos sitúa en un escenario violento y sin sentido, a la vez que parece susurrar que tampoco ese mundo es toda la verdad. Así, “todos nosotros somos como el padre desesperado de su novela. Podemos encontrar ayuda solo y únicamente en algo misterioso, que actúe no fuera de nosotros… sino a través de un significado que, de modo misterioso, se mueve desde el interior de la realidad misma”. Para el protagonista de La carretera, ese significado es la vida de su hijo, algo que Epicoco conecta admirablemente con la lógica de la encarnación propia del cristianismo.
Lo mejor del libro es su lectura de la novela como radiografía espiritual de nuestro tiempo, junto con su tesis central, de raíz agustiniana: lo que buscamos fuera (Dios, el sentido) está dentro de nosotros. “Uno ha encontrado un fuego”, dice el autor, “cuando se ha encontrado con algo que ha conseguido que su vida esté por completo viva”. El texto abunda en pasajes elocuentes en torno a esta idea. Uno de los más sugerentes, en el tercer capítulo, aparece cuando Epicoco se detiene a explicar el encuentro de los apóstoles con Jesús.
Con todo, el recorrido hacia esta tesis es algo acelerado y poco inductivo, y Epicoco lo acompaña a menudo de afirmaciones generales sobre el hombre contemporáneo o nuestra época que pueden alejar al lector que no las comparta de entrada. Aun así, leer una novela tan áspera como parábola del deseo de felicidad es algo tan provocador como atractivo. Que Epicoco responda pronto a qué queda del hombre cuando se apaga todo lo demás no hace su propuesta menos digna de lectura y reflexión.