La carretera

Mondadori. Barcelona (2007). 210 págs. 18,90 €. Traducción: Luis Murillo Fort.

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La inconfundible literatura de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) refleja el lado más violento y turbio del sur de Estados Unidos. Se le ha emparentado con Flannery O’Connor y con William Faulkner, escritores que mostraron en sus obras las luces y sombras de un territorio capaz de fabricar seres con una desgarrada existencia. McCarthy posee un estilo que condensa acertadamente ese mundo, elegido por el autor como la metáfora de su dura visión de la vida.

Su obra más valorada es la Trilogía de la frontera (ver Aceprensa 161/99), formada por Todos los hermosos caballos, En la frontera y Ciudades de la llanura. Anteriormente había publicado El guardián del vergel, su primera novela, Hijo de Dios (ver Aceprensa 7/02) y Meridiano de sangre (ver Aceprensa 117/01). En sus últimas novelas se había acrecentado esa mirada salvaje de las relaciones humanas, con unos argumentos y personajes que ahondaban en su idea negativa de la condición humana.

Sin embargo, La carretera, galardonada con el premio Pulitzer 2007, supone un agradable cambio. Un padre y un hijo sobreviven a unas durísimas condiciones de vida en un mundo devastado. No se cuenta qué ha pasado, pero la tierra ha sufrido tal cataclismo que apenas hay supervivientes. Y los pocos que quedan libran una encarnizada lucha por la subsistencia. Años después de esa gran catástrofe, el padre y el hijo abandonan el norte de los Estados Unidos y se trasladan hacia el sur con la esperanza de encontrar mejores condiciones de vida. Pero lo que hallan en su recorrido por interminables carreteras es siempre lo mismo: muerte, hambre, desolación… la huella de las tormentas de fuego que han asolado “una tierra destripada y erosionada y ácida. Huesos de seres muertos desparramados en los aguazales. Basurales de desperdicios anónimos”.

La principal obsesión es conseguir alimento. Y, también, darse compañía y transmitirse cariño. Además, el padre contagia al hijo la confianza de que en el infierno que están viviendo encontrarán tarde o temprano la compañía de los buenos, aunque su experiencia es que, hasta ahora, sólo han conocido a personas sin escrúpulos. Esta esperanza les mantiene en pie y les hace superar las numerosas dificultades que van encontrando en su peregrinaje. Con cuentagotas, McCarthy introduce también la idea de que Dios está detrás de todo, un Dios amoroso, no vengativo.

La novela funciona como una apocalíptica alegoría. El estilo es sobrio, simbólico, con fragmentos breves que despliegan una mínima anécdota, escuetos diálogos y la catarata de momentos fuertes que padecen los dos personajes en su afán por alcanzar el sur, sobrevivir y encontrar la solidaridad que van buscando.

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