George Steiner

George Steiner, el huésped incómodo

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALGeorge Steiner. L’ospite scomodo

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2023)

Nº PÁGINAS128 págs.

PRECIO PAPEL12 €

TRADUCCIÓN

GÉNERO

Las amistades entre los grandes ofrecen riquezas por partido doble a quienes venimos después. Fue el caso de Montaigne y La Boétie, por ejemplo. O de Steiner y Ordine, coetáneos nuestros que recogieron no solo el testigo de aquellos sino también su profundo amor por los libros. Un poco antes de morir, Nuccio Ordine (1956-2023) dio a la imprenta este breve texto que, además de explicar su relación con el erudito europeo, servía de introducción a las entrevistas, ya publicadas, que le realizó a lo largo de la dilatada relación que mantuvieron.

Ordine fue algo así como el albacea intelectual de George Steiner (1929-2020) y es fácil colegirlo si se tiene en cuenta que este último lo eligió como interlocutor para una conversación que ordenó publicar solo tras su muerte. En ella, uno de los últimos bastiones de la alta cultura europea reflejaba, con pesimismo, los embrollos en que se ha demorado el espíritu, y la confusión y chabacanería reinantes. Quizá no se compartan todas las opiniones de Steiner –acaso tampoco las de Ordine–, pero no se podrá negar que uno y otro ejercieron de luminarias e intentaron fecundar las almas anémicas de sus innumerables pupilos con dosis de humanismo.

Steiner y Ordine son “incómodos”, como ha de serlo toda cultura si levanta el vuelo por encima de la barbarie cotidiana. La idea es que sin las artes algo nos falta y nos desnortamos. Para el autor de Presencias reales, la vida intelectual no nos inmuniza frente a la violencia: otros creemos que, si nos alimentamos con buenos libros y cuadros, el mundo adquiere una luz y una claridad más acusadas y hermosas.

La introducción que abre este apetitoso libro es un repaso por la obra y significación de Steiner, en quien Ordine ve una especie de “salvavidas contra el vacío”. Cuando se profundiza en el diálogo –a ratos, la confesión– entre estos dos humildes profesores, a uno le parece que asiste a un rito religioso. Hay melancolía en lo que uno y otro dicen, especialmente en Steiner, que recelaba del cariz que estaban tomando las cosas, de la vulgarización y atropello de los tesoros de la civilización.

Para uno y otro, la cultura no solo impide que nos ahoguemos en la ciénaga del oscurantismo, sino que nos revitaliza y une. Más allá de las aportaciones y de las intuiciones certeras de estos amigos, este breve ensayo tiene la capacidad de sensibilizarnos, de hacernos dignos y dóciles a las voces del espíritu. La función del crítico –tan necesaria hoy– no es la de rendir pleitesía o instilar veneno, sino ayudar al gran público a leer y comprender la riqueza simbólica de lo que nos rodea, como los grandes maestros. Ciertamente, entrenar el alma para lo más alto no es útil o lucrativo, gracias a Dios, pero el papel de la cultura consiste sobre todo en escapar de las sombras del sinsentido. Con libros como este, una auténtica joya, podemos emprender ese necesario viaje.

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