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El balcón en invierno

Tusquets.

Barcelona (2014).

248 págs.

17 € (papel) / 12,99 € (digital).

GÉNERO

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Una versión de esta reseña se publicó en el servicio impreso 87/14

En la literatura realista y cervantina de Luis Landero (Badajoz, 1948) casi siempre aparece transfigurada su propia vida. Muchos episodios, literaturizados, son el origen de algunas de sus novelas, como El guitarrista, inspirada en los años en que el autor se convirtió en un guitarrista profesional. Esa inspiración realista es una de las señas de identidad de su literatura, aunque en sus últimas novelas –Hoy, Júpiter (2007), Retrato de un hombre inmaduro (2009) y Absolución (2012)– se aprecia el agotamiento de un modelo narrativo que inició de manera brillante en 1989 con Juegos de la edad tardía.

En El balcón en invierno, Landero ha decidido centrarse de manera muy directa en su propia vida para hilvanar recuerdos que conectan el pasado con el presente. El punto de partida es el proceso de escritura de su nueva novela, pero pronto abandona la idea para revivir algunos recuerdos que considera esenciales.

El autor nació en un pueblo extremeño y a los ocho años fue enviado por sus padres a estudiar en un colegio interno en Madrid. Más tarde, sus padres decidieron trasladarse con sus cuatro hijos al barrio madrileño de Prosperidad. Landero recuerda cómo era la vida en aquel barrio en los años cincuenta y sesenta. Habla de su poco entusiasmo por los estudios y de los primeros trabajos que le consigue su padre, primero como chico de los recados en unas mantequerías y luego como aprendiz en un taller mecánico.

Una buena parte del libro está dedicada a la tirante relación que tuvo con su padre, una persona de carácter, seca, solitaria, amargada. Falleció cuando Landero tenía 16 años, y ese suceso es la clave de muchas de las cosas de su vida. “Yo no sabía entonces –escribe– que la muerte de mi padre habría de causarme años después –cuando empecé a comprenderlo, a admirarlo, a compadecerme de él, a saldar la deuda de todo el cariño y la gratitud que le debía– una pena honda e inconsolable, la más grande que he tenido nunca, y una pesada culpa que cargaré para los restos”. Tras la muerte de su padre, trabaja como oficinista y estudia por las noches bachillerato en una academia hasta que, animado por su primo Paco, se entrega al aprendizaje de la guitarra.

Pero el destino le tenía preparadas nuevas experiencias. Su contacto con los libros había sido hasta ese momento inexistente, pues en su casa solamente había uno solo. En la adolescencia, empezó a leer poesías. “La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo”. Años después, abandona la guitarra y retoma sus estudios de bachillerato, donde conoce en 1969 a Gregorio Manuel Guerrero, su profesor de literatura. Su contacto con él le hará descubrir la lectura y la escritura y le llevará a reorientar su vida.

Los recuerdos y divagaciones no aparecen de manera cronológica. No son propiamente unas memorias. El autor salta de un lugar a otro y de un tiempo a otro. El presente se cuela entre las rendijas del pasado y al revés. El libro resulta convincente y ameno. Landero habla de su atracción por el campo, la naturaleza, el lenguaje de la cultura milenaria que se vivía en los pueblos de entonces y que ha sufrido una radical transformación. Habla de la escritura y de su relación con los libros. Landero disfruta reviviendo momentos que tienen que ver con anécdotas familiares y sus orígenes como escritor.