El guitarrista

Luis Landero

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Tusquets. Barcelona (2002). 322 págs. 16 €.

En su anterior libro, Entre líneas: el cuento o la vida (ver servicio 69/01), mezclando realidad y ficción, Landero reflexionó sobre el papel de la literatura apoyándose en su propia experiencia vital. El componente biográfico se mantiene en su última novela, El guitarrista, emparentada estilísticamente con Juegos de la edad tardía y El mágico aprendiz (ver servicio 42/99), las dos escritas bajo el original peso de la tradición cervantina.

Landero elige otra vez como tema narrativo el conflicto entre la realidad y los deseos. Emilio, un joven aprendiz de mecánico, que estudia bachillerato en una academia nocturna y que aspira lejanamente a ser escritor, se ve arrastrado a tomar decisiones importantes para su vida por la capacidad de convicción de su primo Raimundo. Este emigró a París para trabajar en una carpintería, pero un golpe de la fortuna le lleva a dedicarse al flamenco hasta alcanzar, según su disparatada versión, un espectacular éxito, especialmente entre el público femenino.

Raimundo convence a Emilio para que él también aprenda a tocar la guitarra, la llave que le permitiría abandonar una vida gris. Emilio se entrega a la tarea con un cierto escepticismo. Viendo sus aptitudes musicales, su jefe en el taller mecánico le encarga que dé clases particulares a su joven esposa, lo que es el inicio de una insólita aventura amorosa, bastante irreal, que acabará siendo el eje principal del relato.

La historia está escrita con mesura y coloquialidad; como en sus anteriores libros, Landero introduce la nota inverosímil dentro de un contexto plenamente realista (en este caso, la realidad madrileña de los últimos años del régimen de Franco). Domina el tono cervantino, con un tratamiento un tanto quijotesco de los personajes, especialmente los secundarios, que siempre en Landero adquieren un interesante y divertido protagonismo (el primo Raimundo, el profesor de filosofía, el inquilino Rodó). La novela tiene excelentes momentos, como la conversación sobre la literatura de Emilio con el escritor Gustavo Rodó o la descripción de la esperpéntica gira musical por algunos pueblos.

Landero acierta a retratar el espíritu inconformista de Emilio y sus ganas de hacer realidad sus larvados sueños. Pero es una lástima que la novela, en vez de avanzar por este camino, que abría más posibilidades narrativas, se desplace a las clases de guitarra que Emilio imparte a la esposa de su jefe. Obsesionado por su inexperiencia sexual, y con la mojigata y sensual connivencia de la esposa, Emilio provoca algunas situaciones morbosas, que se desvían de lo que hasta ese momento era el ritmo del relato.

Adolfo Torrecilla

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