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Gran Premio del Jurado en la Mostra de Venecia 2011, Terraferma se inscribe en ese conjunto de películas sociales europeas que se han asomado en los últimos años al drama de la inmigración ilegal, como la finlandesa El Havre (Aki Kaurismäki, 2011), la francesa Welcome (Philippe Lioret, 2009), la belga El silencio de Lorna (los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2008), las británicas Ghosts (Nick Broomfield, 2006) e In this World (Michael Winterbottom, 2002), o las españolas Bwana (Imanol Uribe, 1996) y Las cartas de Alou (Montxo Armendáriz, 1990). Más concretamente, el cine italiano ha tenido su propia forma de aproximarse a esa cuestión con directores como Gianni Amelio (Lamerica, 1994) o Nanni Moretti (Abril, 1998). El veterano cineasta romano Emanuele Crialese, de origen siciliano, que ya abordó la inmigración en aquella estupenda cinta de Nuevo mundo, aporta su propia perspectiva.

Terraferma tiene su propia mirada, muy interesante, que no se limita a criticar una dura política antiinmigración, sino que aprovecha para contraponer una tradición humanista, de raíz cristiana —simbolizada por la imagen de la Virgen hundida en el mar—, que ve al inmigrante como un náufrago al que es obligado salvar, frente a una ley fría y deshumanizada. Su tono ligero, muy italiano, costumbrista, recrea la Sicilia profunda y tradicional, y la pone en contraste con la Italia industrializada representada por los turistas, una Italia más frívola y superficial.

El resultado es una película muy cercana, fresca y muy humana. La sostienen unas interpretaciones muy naturalistas, entre otros, de Filippo Pucillo, Donatella Finocchiaro y Beppe Fiorello.

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