El realizador ingles de 48 años Stephen Daldry (Billy Elliot) insiste en la línea desolada y nihilista de su película anterior, Las horas. En este caso adapta la muy vendida novela del juez y profesor de historia del Derecho Bernhart Schlink, publicada en Alemania en 1995. La novela usa una relación sexual como metáfora de las actitudes personales y colectivas que permitieron el horror de los crímenes nazis en la culta y refinada Alemania, el país que, paradójicamente, al estallar la guerra lideraba la ciencia jurídica, el arte y la cultura a nivel mundial.

La historia, en parte autobiográfica, relata la relación sexual entre una adusta revisora de tranvía y un adolescente apasionado, amante de la lectura, en una ciudad alemana recién terminada la Segunda Guerra Mundial. Ocho años después ambos coinciden en un tribunal donde se juzgan crímenes de guerra cometidos en campos de concentración.

Daldry se demora de una manera muy discutible en la corrupción de un menor, con una insistencia sospechosa en el sexo explícito, que, por lo que se ve, ha servido para que Winslet gane el Globo de Oro y aspire al Oscar. Esa opción, unida a un énfasis tremendo por obviar cualquier asomo de arrepentimiento o redención, desequilibra la película. Las partes judicial y carcelaria que luego completan el relato no logran levantar el vuelo: las alas ya están demasiado manchadas de barro, de forma que los esfuerzos de Ralph Fiennes, Bruno Ganz y Lena Olin solo sirven para dar un poco de aire a una película premeditadamente asfixiante. Última producción de los fallecidos Pollack y Minghella, la cinta aspira a los Oscar a película, director, guión adaptado, fotografía y actriz principal.

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