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Director: Ettore Scola.Intérpretes: Marcello Mastroianni, Massimo Troisi.

Cuando se publiquen estas líneas es muy probable que ya se haya caído de cartel esta espléndida película, sin duda una de las mejores producciones europeas de los últimos años. Es el triste destino de algunas grandes obras, condenadas a la marginalidad por la demencial política comercial de algunas distribuidoras de cine.

La trama describe la conversación que mantienen un padre y su hijo, a lo largo de 12 horas, en la ciudad italiana de Civitavecchia. Allí está terminando el servicio militar el hijo (Massimo Troisi), un treintañero reservado y esquivo, licenciado en Letras. Y hasta allí se desplaza el padre (Marcello Mastroianni), un prestigioso abogado sesentón, vividor y posesivo, sinceramente preocupado por el futuro de su hijo, al que quizá no ha dado buen ejemplo. Al principio no se entienden; pero, poco a poco, cuando comienzan a abrirse el corazón por primera vez en sus vidas, el recelo dará paso a un sentimiento de comprensión mutua, cercano a la admiración, del que los dos saldrán enriquecidos.

El italiano Ettore Scola rodó esta película en 1989, dos años después de La familia, otro film espléndido en el que ya se apreciaba su sincera búsqueda de valores morales que suplieran el vacío que le iba dejando la progresiva descomposición de la ideología comunista, en la que siempre había creído. A su mirada le falta todavía trascendencia, apertura hacia lo espiritual; pero está dominada por un inteligente humanismo, que da respuesta certera a grandes preguntas, desde las relaciones familiares al sinsentido del consumismo burgués, pasando por el valor de los estudios humanísticos -el duelo de citas literarias es magistral- o el poder de la solidaridad y la amistad. Es un humanismo sencillo, cercano, sin atisbo de cinismo ni de grandilocuencia, que podría seducir a un público amplio.

Así es también el realismo cotidiano de la sólida puesta en escena y de las soberbias interpretaciones: sobrio, sin alardes, que cuenta todo sin que lo parezca, porque confía plenamente en el poder fascinador de cada situación, de cada diálogo, de cada gesto que esbozan los magníficos personajes, diseñados con tiralíneas en el guión de Beatrice Ravaglioli, Armando Trovaioli y el propio Scola. Una película, en fin, rebosante de ese difícil y laborioso artificio invisible, visual e interpretativo, que caracteriza a las verdaderas obras maestras del cine.

Jerónimo José Martín

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