Smoke

Director: Wayne Wang.

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Intérpretes: Harvey Keitel, William Hurt, Stockard Channing, Harold Perrineau Jr., Forest Whitaker.

Tras su magnífico trabajo en El Club de la Buena Estrella, el norteamericano nacido en Hong Kong Wayne Wang confirma en Smoke que es uno de los cineastas actuales con más personalidad narrativa y visual. Resulta totalmente justificado el triunfo rotundo del film en el último Festival de Berlín, donde ganó el Premio Especial del Jurado, el del público y el de la crítica internacional.

El guión, escrito por el novelista Paul Auster a partir de su relato Cuento de Navidad de Auggie Wren, hace una incisiva disección de un grupo de personajes corrientes cuyos dramas cotidianos se entrecruzan en un estanco de Brooklyn entre el otoño y la Navidad de 1990.

Auggie Wren (Harvey Keitel), el estanquero, es el gran confidente de todos ellos. La rocambolesca historia de cómo consiguió su cámara fotográfica y de por qué se decidió a elaborar su singular colección de fotografías -el mismo encuadre de la casa de enfrente a lo largo de 14 años- le dará por fin un argumento a Paul (William Hurt), prestigioso novelista en crisis creativa. Paul, a su vez, ayudará a Rashid (Harold Perrineaud Jr.), un adolescente negro algo perdido, en la búsqueda de su padre. Éste resulta ser Cyrus (Forest Whitaker), un modesto mecánico que intenta recomponer su vida. El círculo vital se cierra cuando estos contactos humanos implican de tal modo al propio Auggie que le obligan a asumir su olvidada responsabilidad respecto a Ruby (Stockard Channing), una antigua novia con la que tuvo una hija (Ashley Judd), que ahora, ya adolescente, pasa por un momento muy difícil.

La original puesta en escena de Wayne Wang -que recuerda con frecuencia a Grand Canyon, la magnífica película de Lawrence Kasdan-, así como las matizadísimas interpretaciones, involucran plenamente al espectador y hacen realidad la máxima publicitaria que da sentido al título: “Las cosas más preciosas son más ligeras que el aire”. Con su laboriosa, poética y sosegante premiosidad -imprescindible, según él, para poder apreciar las cosas realmente importantes de la vida-, Wang ha conseguido un sugerente rompecabezas emocional, una jugosa rebanada de vida, quizá demasiado a ras de tierra -a pesar de alguna referencia aislada a la providencia divina-, pero llena de un amable y sugestivo humanismo, que actualiza a su manera el espíritu navideño del cine de Frank Capra.

En Smoke, la realidad -a menudo dolorosa-, las esperanzas, la tristeza, el humor -siempre inteligente-, el amor, la amistad, el sentido del trabajo y de la creación artística -alejado de alienantes materialismos-, la solidaridad y la comprensión tienen entidad real, se pueden tocar con las manos, y reflejan con autenticidad y hondura -como es preceptivo en las obras de arte- las complejas y fascinantes entretelas del alma humana. Unas entretelas que pesan tanto como el humo de un pitillo. Según el famoso experimento de Sir Walter Raleigh, que pesó un cigarro antes y después de fumárselo, el humo pesa lo que pesen las cenizas. En Smoke, el humo son las palabras que se pueden decir después de una larga calada. Y, como en ellas va el alma, el humo, a pesar de su liviana apariencia, pesa mucho más que cualquier otra cosa. Una vez más, Wayne Wang -ahora con la inestimable ayuda de Paul Auster- ha sabido mirar, que diría José Luis Garci.

Jerónimo José Martín