Pequeño Buda

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Little BudaDirector: Bernardo Bertolucci. Intérpretes: Keanu Reeves, Bridget Fonda, Alex Wiesendanger.

Con esta película, Bernardo Bertolucci -que ahora se define como “un freudiano marxista huérfano enganchado al budismo”- culmina su singular trilogía oriental, iniciada con El último emperador y El cielo protector. Una vez vista, sólo su eficaz lanzamiento puede explicar la budomanía que ha desencadenado: no es una gran película, a ratos resulta bastante pesada y, además, su didáctica visión del budismo es etérea y poco atrayente.

Sobre una historia del propio Bertolucci, Mark Peploe -su colaborador habitual- y Rudy Wurlitzer han escrito un guión que intenta entrelazar dos hilos narrativos muy distintos. Por un lado, se relata la juventud de Siddharta Gautama (Keanu Reeves), que hace 2.500 años abandonó su placentera vida de príncipe para alcanzar la iluminación, la vivencia del nirvana aquí en la tierra, con la que consiguió vencer a las fuerzas del mal y dominar el sufrimiento.

El otro hilo transcurre en la época actual. Narra la singular historia de Jesse (Alex Wiesendarger), un niño de Seattle que según unos lamas de Buthán es la reencarnación de un sabio maestro budista muerto hace años. Tras el desconcierto inicial, los padres del niño (Bridget Fonda y Chris Isaak) aceptan que viaje con su padre al Nepal y a Buthán. Allí, Jesse pasará una serie de pruebas, junto con otros dos niños nepalíes, que permitirán comprobar cuál de ellos es, en efecto, la reencarnación del maestro budista.

Bertolucci ha plasmado en imágenes todo esto con una puesta en escena preciosista, de gran esplendor visual y musical. En este sentido, los trabajos de Vittorio Storaro (fotografía), James Acheson (diseño de producción), Pietro Sacalia (montaje) y Ryuichi Sakamoto (música) son de primera categoría. Y como Bertolucci sabe poner la cámara en el mejor sitio posible, queda una película de gran belleza externa.

El problema es que toda esa suntuosidad estética se sustenta en una historia sin garra narrativa y, sobre todo, sin conflictos dramáticos de entidad. Hasta los padres de Jesse aceptan todo lo que pasa casi sin inmutarse: “Es que tú y yo no sabemos nada de estas cosas”, es su pobre justificación. Sin duda, es de agradecer que Bertolucci haya guardado en un cajón su habitual realismo desgarrado. Y a pesar de la enorme sensualidad que rodea la vida palaciega de Siddharta y del equívoco enfoque budista de la sexualidad -que se adivina en algunas imágenes-, Bertolucci no cae en ningún momento en el crudo erotismo de otras de sus obras. Pero sin conflictos, sin aristas, sin tensión, le queda un película que parece una colección de bonitos cromos naïf para niños. Hay secuencias que abren las carnes por su cursilería: si a Franco Zefirelli se le hubiera ocurrido incluir en su Jesús de Nazareth una secuencia como la de Siddharta recién nacido hablando como un orador y haciendo aparecer flores en el suelo allí donde pisa…, ¡lo que le hubieran dicho algunos!

Aunque no le pegue nada al veterano cineasta italiano, su película acaba siendo una didáctica apología para occidentales de la doctrina iniciada por el príncipe Siddharta. Y digo doctrina porque en la película queda bien claro que el budismo no es una religión; desde luego, no aparece ninguna referencia a un Dios personal. Por otra parte, la compasión que se predica nunca aparece encarnada en actos concretos de caridad con los demás.

Junto a las cosas aprovechables del budismo, la película refleja sin querer su profunda inconsistencia y su carácter deletéreo. Y eso que Bertolucci no entra en materia con espíritu crítico y rigor intelectual. Perplejo ante el hundimiento de sus viejas utopías marxistas y hastiado por la crisis moral de las sociedades occidentales, el cineasta italiano se ha quedado en su hagiografía sólo con el componente psicológico y esotérico -muy New Age- del budismo, cuyo camino medio entre hedonismo y rigorismo resulta mucho más cómodo que cualquier religión.

Jerónimo José Martín