Mi padre es ingeniero

TÍTULO ORIGINAL Mon père est ingénieur

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Director: Robert Guédiguian. Guión: Robert Guédiguian y Jean-Louis Milesi. Intérpretes: Ariane Ascaride, Jean-Pierre Darroussin, Gérard Meylan, Pascale Roberts, Jacques Boudet, Pierre Banderet, Frédérique Bonnal, Christine Brücher. 90 min. Adultos (SD).

Película compleja tanto por la forma como por el fondo. Natacha y Jérémie se quieren desde niños, son comunistas, y juntos estudiaron ruso (de ahí la frase “Mi padre es ingeniero”, con la que el joven Jérémie se atascaba durante el estudio de ese idioma) y medicina. Cuando la historia comienza Natacha ha caído en un estado catatónico y Jérémie va a cuidarla, y recuerda su juventud y sus ideales. La historia está construida a golpe de “flash-back”, y se complementa con unas imágenes oníricas que reinterpretan el Misterio de Belén según la tradición provenzal. Se trata de una reflexión sobre el sentido del comunismo hoy en día: han pasado los años de la juventud idealista, Rusia no es el paraíso comunista, Jérémie se siente fracasado en su posición de funcionario de alto rango y redescubre su amor de siempre y el modo en que ella se ha entregado a la causa social en la que ambos creen. Y como telón de fondo simbólico, una representación de la Navidad, recordando que el cristianismo es caridad y que el comunismo también lo es (o debería serlo).

Guédiguian hace siempre la misma película: trabajadores, inmigrantes, pobres de Marsella, interpretados por el mismo equipo liderado por su mujer. Su duodécimo largometraje es menos desgarrado que los precedentes y va más lejos en su reflexión política. Hay alardes visuales y de montaje que encantarán a unos pocos y desconcertarán a muchos, incluso entre los incondicionales de un director ya de por sí minoritario.

Fernando Gil-Delgado