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Final de milenio. Neo es un profesional de la informática que un día tiene la oportunidad de conocer a Morpheus, un mítico personaje para cualquier cibernauta que se precie. Él le puede introducir en un mundo inesperado, cuya existencia jamás se le ocurrió imaginar. Pero basta que Morpheus intente el contacto para que Neo empiece a sufrir una persecución implacable.

Nada es lo que parece. He aquí una premisa que ha inspirado a menudo la narración fílmica. Los hermanos Larry y Andy Wachowski (Lazos ardientes) la convierten en marco de una inspirada trama de ciencia ficción. No es el único film reciente que maneja esta idea (ahí están Abre los ojos, eXistenZ o, antes, Desafío total); pero Matrix sabe atornillarla aún más, hasta convertirse en nueva piedra miliar del género, como lo fueron en su día 2001, La guerra de las galaxias, Alien o Blade Runner.

Que los Wachowski jueguen con la fluida frontera entre realidad y ficción se revela muy acertado en los tiempos que corren. Tanta gente lleva una vida anodina que no es vida… Sin ideales y amores duraderos, encerrados en el caparazón del propio egoísmo, con la mente narcotizada por paraísos que se revelan limitados… ¿No nos estarán escamoteando “la buena vida”? Necesitamos la redención, y en el film, el candidato a mesías responde al nombre de Neo. Matrix sigue sin ambages una inspiración cristiana (obviamente no literal) al plantear esta redención: señales y profecías, un elegido y una misión, milagros, y hasta lo que podríamos llamar un bautizo. No falta el Judas traidor o las autoridades que quieren acabar con el elegido. Por no hablar del anagrama Neo, de One, el Uno. Además, se advierte cómo, a veces, las máquinas pueden apagar el espíritu humano: no debemos olvidar la grandeza y, ¡oh, paradoja!, la pequeñez del hombre.

Con lo dicho, el film puede parecer una lucubración mental, a la que hay que asistir con la cabeza despejada. Pues bien: sí y no. Hay que fijar la atención para seguir el argumento, que depara abundantes giros y sorpresas. Pero, a la vez, los directores han sabido conjugar esa historia, sólida y bien contada, con el entretenimiento. Resulta (muchos lo dudábamos) que se puede traspasar a la gran pantalla, con acierto, la estética de los juegos de ordenador, gracias a una acción deslumbrante y un uso imaginativo de los efectos especiales.

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