Martín (Hache)

Director: Adolfo Aristarain. Guión: Adolfo Aristarain y Kathy Saavedra. Intérpretes: Federico Luppi, Juan Diego Botto, Eusebio Poncela, Cecilia Roth, Sancho Gracia. 134 min. Adultos.

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Festival de San Sebastián, 1997: Concha de Plata al mejor actor (Federico Luppi).

Martín hijo, conocido por todos como Hache -por la letra muda entre paréntesis que le distingue de su padre-, ha estado a punto de morir en Buenos Aires por una sobredosis de droga. ¿Accidente?, ¿intento de suicidio?; sólo él lo sabe… Su madre, divorciada y casada de nuevo, le ha perdido. Martín, su padre, director de cine afincado en España, tampoco conecta con el joven; pero acepta acogerle una temporada. Hache conoce a Alicia, amante enamorada de su padre, pese al humor tornadizo y la parquedad de palabras de él, cuando de expresar los sentimientos se trata. Y retoma el contacto con Dante, gran actor, bisexual y de vida licenciosa.

Adolfo Aristarain (Un lugar en el mundo) sostiene este durísimo drama en cuatro personajes, que apenas dejan de hablar, con diálogos de estudiada naturalidad. El sólido guión contiene secuencias de gran intensidad, aunque no evita, en un par de ocasiones, un explícito naturalismo que nada aporta. El director argentino ha confesado hacer suyo el comentario de John Ford “las historias se cuentan a través de los rostros de los actores”, y apuntala este film con un memorable recital interpretativo. Si hubiera que destacar a uno, con permiso de Luppi -premiado en San Sebastián-, me quedaría con Poncela; hace creíble el personaje de Dante, el menos sostenible sobre el papel.

Martín padre, personaje a la deriva, no sabe querer con hechos. Y hace sufrir a los que tiene cerca, que le aman de veras. Dante, su amigo, se lo hace ver, y ejerce en ese sentido de conciencia de Martín. A la vez, recibe las confidencias de Hache, a quien trata de orientar en su desconcertada juventud. Pero, a su vez, Dante es una suerte de epicúreo, que busca en la vida gozar del placer al máximo, ya sea a través del sexo o de las drogas; eso sí, con riguroso -y utópico- control, que evite daños irreparables. Las contradicciones del personaje son evidentes.

Como en anteriores trabajos, Aristarain da una visión pesimista de la condición humana: soledad interior, desesperanza, egoísmo que se desfoga en invectivas venenosas, cerrazón a la trascendencia, una moral autónoma de escasas miras… Entre los perdedores natos de su historia sólo quedan la lealtad a los amigos y los lazos de sangre; una lucecita en la oscuridad.

José María Aresté