Las dos caras de la verdad

TÍTULO ORIGINAL Primal Fear

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Director: Gregory Hoblit. Guión: Steve Shagan y Ann Biderman. Intérpretes: Richard Gere, Laura Linney, John Mahoney, Alfre Woodard, Frances McDormand. 125 min.

Martin Vail es un abogado oportunista, al que gusta tanto la popularidad que siempre busca copar las noticias judiciales de los telediarios. Poco le importa para aceptar a un cliente su inocencia o culpabilidad; él lo que tiene que lograr es la libertad de sus defendidos. El brutal asesinato del arzobispo de Chicago, que organiza un considerable revuelo, y la consiguiente detención de Aaron, un tímido muchacho de campo con todos los visos de ser el criminal, proporciona a Martin un caso a su medida.

La adaptación de una novela de William Diehl, con elementos jurídicos al estilo de John Grisham, sirve para el debut en el largometraje de Gregory Hoblit, quien ha trabajado antes en series televisivas populares, como Canción triste de Hill Street o La ley de Los Angeles. La Paramount, el estudio que le produce, le ha rodeado de un magnífico equipo técnico y artístico, al que saca el máximo rendimiento: es de justicia mencionar la fotografía de Michael Chapman, la inquietante e inspirada música de James Newton Howard, la dirección artística de Jeannine Oppenwall… El guión demuestra solidez, y el director sabe plasmarlo en imágenes, de modo que se mantiene el interés. Las sucesivas sorpresas que se ofrecen no están demasiado forzadas; en parte gracias a unas buenas interpretaciones, sobre todo de Richard Gere y del desconocido Edward Norton.

La película trata de mantener una línea políticamente correcta. En la implicación del arzobispo en una trama de abuso sexual -obviamente desagradable, y no sólo por recurrir al erotismo- se evita hacer juicios generales sobre la Iglesia Católica; pero tampoco hay personajes católicos positivos que sirvan de contrapeso. En el fondo, igual hubiera sido que fuera un conocido político o un gran magnate de las finanzas. La historia no variaría sustancialmente: sólo le faltaría un poco de morbo.

José María Aresté