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La mayoría de las candidatas al Oscar este año tienen un fuerte sello autoral. Pero si alguna destaca por dar voz a quien lleva los mandos es Lady Bird. Antes de firmar esta ópera prima, Greta Gerwig había protagonizado un buen número de películas indies y había escrito con Noah Baumbach un par de ellas (las notables Frances Ha y Mistress America).

En Lady Bird, Gerwig cuenta la que podría muy bien ser su propia historia personal, la de una chica de 17 años que estudia en una escuela católica en Sacramento y añora llegar a la Universidad para cambiarse de ciudad, desarrollar su talento artístico y vivir una existencia más cool.

No hay ninguna novedad en la temática de Lady Bird: el paso de la adolescencia a la madurez nos la han contado mil veces en el cine. Lo que sí resulta novedoso es la mirada de Gerwig. Una mirada muy actual, muy femenina, muy contemporánea y, al mismo tiempo, muy crítica y poco condescendiente con una sociedad que defiende la libertad, la frescura y la espontaneidad mientras permanece sujeta a los recios grilletes de la apariencia y lo políticamente correcto.

Christine, que se hace llamar Lady Bird porque su nombre no le gusta, es una joven que se manifiesta en constante rebeldía: reniega de su ciudad, que le parece paleta; de su escuela católica, que considera rancia y anticuada; de su madre, con la que no se entiende, e incluso de su mejor amiga porque es poco agraciada. Su huida hacia delante y sus torpes experiencias con la libertad, la popularidad o el sexo terminan con una profunda insatisfacción, con un “no era esto lo que me estaban vendiendo o, al menos, no era lo que yo quería comprar”. En ese sentido, el viaje de ida y vuelta de la protagonista –y el papel que tienen en esta peculiar road movie sus padres– está muy inteligentemente contado y magníficamente resumido en un sencillo pero contundente final que echa por tierra muchos de los mandamientos del credo postmoderno (y que había recitado con convicción nuestra protagonista).

La cinta se sigue sin pestañear gracias a unos suculentos diálogos (habrá quien critique la película por exceso de locuacidad, pero eso es también marca de la casa Gerwig) y a un agilísimo montaje que no da ninguna opción a los espacios muertos.

Dejo para el final algo evidente: la película no sería la que es sin Saoirse Ronan. Gerwig dice de ella que es la mejor actriz de su generación, y acierta. Ella y Laurie Metcalf dan vida a una de las más jugosas relaciones madre-hija que hemos visto en la pantalla.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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