Si preguntas a un norteamericano qué piensa del denominado Rathergate, te puede contestar dos cosas: que fue un escándalo periodístico que reveló la escasa profesionalidad de los informadores, o que fue un caso de intoxicación informativa que evidenció qué poco le importa la verdad de los hechos a una parte de los consumidores de medios. Según lo que te conteste, sería fácil deducir a qué partido da su voto el supuesto americano encuestado.

Septiembre de 2004: quedan muy pocos meses para las elecciones presidenciales norteamericanas, y George Bush tiene complicada su reelección. Con este paisaje de fondo, un equipo de la CBS, capitaneado por la prestigiosa productora Mary Mapes y el famosísimo presentador de informativos Dan Rather, emiten en el programa 60 Minutes una exclusiva basada en documentos que demuestran que el joven George Bush utilizó sus influencias para, entre otras cosas, no ir a Vietnam. La miel de la exclusiva les duró un suspiro. A las pocas horas de la emisión, decenas de blogs conservadores se lanzaban a despellejar los documentos analizando tipos de letras, interlineados y subíndices. La polémica cambió de bando: ya no importaba si Bush había hecho trampas o no, sino cómo se había cocinado y contrastado el reportaje.

El Rathergate acabó con las carreras profesionales de Mapes y Rather y puso en evidencia que la información había cambiado definitivamente: la red, además de ser una gran aliada para hacer llegar la información a todo el planeta, era también un feroz filtro dispuesto a triturar cualquier noticia insuficientemente contrastada. Un filtro, por cierto, que –igual que los grandes grupos de comunicación– tampoco es ajeno a intereses políticos.

El neoyorquino James Vanderbilt ya demostró su buena mano con el thriller periodístico en Zodiac (una de las mejores películas de David Fincher). Aquí, recoge las memorias de Mary Mapes y somete esa información al método periodístico. Busca otra fuente. Contrasta. Y fruto de ese contraste, consigue una película bastante equilibrada que da voz a uno y otro bando. Vanderbilt reconoce además que le enamora el ambiente de las redacciones y se nota. La puesta en escena, el ritmo de la narración y el reflejo del día a día de la profesión es de un realismo sorprendente.

Por si fuera poco, la película cuenta con dos magníficos actores –Cate Blanchett y Robert Redford– para contar esta historia de lealtades, intereses, profesionalidad, espíritu de servicio público y amor a la verdad, a pesar de los pesares.

Ana Sánchez de la Nieta
@AnaSanchezNieta

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