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Londres, 1890. Tras dejar hace años la jungla africana, Tarzán (Alexander Skarsgård) lleva una vida aburguesada con el nombre de John Clayton III, lord Greystoke, junto a su amada esposa Jane (Margot Robbie). Hasta que le invitan a volver al ahora llamado Estado Libre del Congo, para supervisar un acuerdo económico con el temido oficial belga Léon Rom (Christoph Waltz), que impone su ley con sádica crueldad en este dominio colonial, propiedad privada del rey Leopoldo II de Bélgica. Acompaña al aguerrido matrimonio el activista afroamericano George Washington Williams (Samuel L. Jackson), que quiere comprobar las atrocidades del ejército de mercenarios de Rom.

Esta especie de continuación de Greystoke (1984), de Hugh Hudson, podría haberse convertido en la película del verano, sobre todo porque resulta espectacular y entretenida su enésima reelaboración de los populares relatos del estadounidense Edgar Rice Burroughs. Aquí, los personajes ficticios de Tarzán y Jane —ambos muy bien interpretados— se enriquecen con otros reales, como Rom o Williams, este último encarnado por Samuel L. Jackson con su vitalidad habitual. Además, el inglés David Yates mantiene una puesta en escena de alto nivel, combinada con la bella banda sonora de Rupert Gregson-Williams.

Sin embargo, el conjunto se devalúa por su tosco retrato del cruel y racista Léon Rom, al que el austriaco Christoph Waltz da vida con el mismo registro de malvado que viene repitiendo sin matices desde Malditos bastardos (2009). Sin fundamento histórico, Rom es presentado como un católico fanático, que lleva siempre en la mano un largo rosario de resistente hilo de araña, que le regaló su párroco cuando era niño y con el que asesina a la gente de las formas más crueles.

Este enfoque antirreligioso se agrava con el olvido de que George Washington Williams era pastor protestante, con la omisión de los misioneros belgas, y con una visión ingenua de la bondad natural de los indígenas y los animales salvajes, paralela al naturalismo con que se habla del “apareamiento”, también en una breve escena sensual.

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