La balsa de piedra

TÍTULO ORIGINAL A jangada de pedra

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Director: George Sluizer. Guión: George Sluizer e Yvette Biro. Intérpretes: Federico Luppi, Icíar Bollaín, Gabino Diego, Ana Padrão, Diogo Infante. 90 min. Adultos.

La soledad y el desarraigo se han tratado muchas veces en el cine contemporáneo. Pero La balsa de piedra, inspirada en un relato de José Saramago, lo hace en un formato mágico y surrealista bastante original. Los personajes encarnan perfectamente una vida sin raíces y a la deriva. Pedro es un incomprendido farmacéutico rural; María es una viuda que vive sola en un caserón de pueblo; José es un infeliz maestro de escuela; Joana acaba de dejar a su marido, y Joaquim es un solitario portero de noche. Los cinco son misteriosamente escogidos para vivir juntos un acontecimiento extraordinario: la península Ibérica se ha desgajado por los Pirineos y avanza sin rumbo por el Atlántico. Tremenda metáfora del destino incierto y vagabundo del tiempo que vivimos.

Esa peligrosa deriva ibérica cesa cuando los personajes encuentran el amor, no un amor esponsal y excluyente, sino un amor más postmoderno y descomprometido (ni María ni Joana saben con certeza quién las ha dejado embarazadas). Pero es interesante que cuando desaparece la amenaza de una catástrofe, unos dieciocho millones de españolas y portuguesas se quedan embarazadas, es decir, se atreven a echar raíces. Así, la película nos habla, entre magias y rarezas, de la importancia de los lazos del amor y de la tierra (de la tradición) para poder atravesar el atlántico de la vida.

Federico Luppi, Icíar Bollaín, Gabino Diego, Ana Padrão y Diogo Infante dan vida a esta historia mágica, irregular y difícilmente etiquetable. A pesar de su originalidad no renuncia a un tratamiento taquillero del sexo, y a una aproximación gnóstica a la trascendencia. De hecho, a veces habla de la providencia o del más allá, pero en un sentido radicalmente abstracto. En cualquier caso, La balsa de piedra es una metáfora del desarraigo que, en manos de Hollywood, quizá se hubiera quedado en un superfluo catálogo de efectos especiales.

Juan Orellana