Jugando con el corazón

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Director y guionista: Willard Carroll. Intérpretes: Sean Connery, Gena Rowlands, Gilliam Anderson, Ryan Philippe, Dennis Quaid, Madeleine Stowe, Ellen Burstyn. 121 min. Adultos.

Esta película arranca con la declaración de principios de un trompetista de jazz. Según él, al igual que sucede con la música, “hablar del amor es como hacer bailar a la arquitectura”. Vamos, que es imposible. Toda la trama se esfuerza en demostrar que esa afirmación es falsa. Así, a través de cinco historias paralelas, y al fin entrecruzadas, se analizan al microscopio casi todos los matices del amor, al tiempo que se muestran sus relaciones con la amistad, el sexo, el trabajo, los hijos, la soledad, el dolor…

Hannah y Paul hacen balance de sus 40 años de matrimonio cuando a él le diagnostican un cáncer terminal. Meredith se refugia en su trabajo para olvidar sus dolorosos desengaños amorosos; pero Cupido sale otra vez a su encuentro a través del encantador Trent. Hugh es un mentiroso compulsivo que deambula de bar en bar camelando a mujeres solitarias con trágicas historias de desamor. Mildred debe resucitar su instinto maternal para ayudar a su hijo Mark, un gay que agoniza de SIDA. Gracie y Roger intentan sin éxito escapar de sus tragedias íntimas a través de clandestinos encuentros sexuales en un hotel. Y la frívola Joan pierde totalmente los papeles ante Keenan, un joven sensible e inteligente, que nunca concede citas. Todos ellos sufren una transformación radical a lo largo de ochos días, en los que el amor aletea en el aire.

El primer reto del poco conocido Willard Carroll (Tom’s Midnight Garde, El guerrero del tiempo) era hilvanar tal cúmulo de relaciones diversas y complejas, tragicómicas como la vida misma y con un cierto toque mágico. Lo logra a través de un guión de férrea estructura narrativa, con diálogos antológicos y con una poderosa capacidad de introspección. Surge así de él una sensacional galería de personajes, que permite el lucimiento de todos los componentes del apabullante reparto. Varios de los actores realizan aquí la mejor interpretación de sus carreras. Pero, de entre todos ellos, destacan dos veteranas estrellas, consagradas desde hace años, Sean Connery y Gena Rowlands, que ofrecen un duelo interpretativo memorable. A todo esto se añade la altísima calidad de la fotografía de Vilmos Zsigmond, de la música de John Barry, de la espléndida selección de canciones de acompañamiento y de la propia realización de Carroll, siempre al servicio de los personajes.

Ante todo esto se disculpan casi por completo varios excesos melodramáticos, ciertas faltas de nitidez moral, alguna leve concesión al exhibicionismo sexual y el complaciente desenlace, casi de cuento de hadas. Porque, además, todo esto da vida a una entusiasta y contagiosa reivindicación del amor auténtico: comprometido, sincero, completo -no sólo sexo desamorado-, generoso, comprensivo y con una firme pretensión de durar más allá de la muerte.

Jerónimo José Martín

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